Guardianes de lo efímero

Entraron a trabajar en el teatro San Martín con menos de veinte años y hoy muchos de ellos están por jubilarse. Unos lo consideran su segunda casa, otros reconocen que es donde se criaron y aprendieron de sus maestros. En la nota que sigue, los trabajadores de Luminotecnia, Maquinaria Escénica y Utilería del Complejo Teatral de Buenos Aires comparten sus experiencias, anécdotas y reflexiones sobre el oficio.

(Crónica publicada en el número 22 de la revista TEATRO del Complejo Teatral de Buenos Aires)







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Contra todos los tanáticos de este mundo


Tratado de Ateología
Michel Onfray
Anagrama
269 páginas


Por Luis Schiebeler

“Si lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo”, entonces debemos preocuparnos por descristianizarla, si acaso quieres, un mundo mejor posible. Una reflexión de este tipo podríamos suponer que le propondría Michel Onfray, el filósofo actual más popular de Francia, a un joven apasionado por la mística spinettiana. Este pensador fácilmente podría detectar el gran dispositivo filosófico que funciona en la letrística del ex líder de Invisible para introducir sus ideas. Por ejemplo en referencia a “esos encapuchados de un mundo viejo” que alude la canción “Credulidad” de Pescado Rabioso, no dudaría en advertir que aun viven entre nosotros y nada menos que bajo la máscara de la laicidad moderna.

Michel Onfray (1959) autor de más de treinta libros, es el creador de la Universidad Popular de Caen y un referente decisivo en la actualidad filosófica. Nunca dejará de sorprenderle la insondable credulidad en la historia de los hombres y siendo un notable hedonista, considera que la práctica de un ateísmo militante abrirá paso hacia una auténtica vida placentera. “Tratado de Ateología” es el más exitoso de sus libros y en el que se ocupa casi con fervor de sacudirle al lector los remanentes agua bendita de su bautismo, aunque no se tenga un recuerdo imperecedero de ese rito popular. En efecto, fueron más de 200 mil franceses los que compraron este libro para ver el ingenio crítico y demoledor del autor sobre los tres monoteísmos dominantes: el cristianismo, el judaísmo y el Islam, a los que aborda sin piedad y en el mismo nivel.

El libro comienza con el relato de un viaje que el autor hizo a Mauritania donde confiesa:“los mundos subyacentes me parecen que fueron creados por hombres fatigados, exhaustos por el trajín de las dunas los desiertos (…) el monoteísmo surge de la arena”.

Onfray se encarga de demostrar cuáles son las usinas tanáticas que motorizan la fe en los tres monoteísmos por igual: el odio a la inteligencia, a la libertad, a la vida, a la sexualidad, a las mujeres, a lo femenino, al cuerpo. Invita a pensar por qué defienden la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el mas allá, el ángel asexuado y a la castidad, la virginidad y la fidelidad monogámica(…) “es como decir crucifiquemos la vida y celebremos la nada”, deduce.

Un pasaje notable del libro es el que alude a la misoginia. El autor asevera que las religiones detestan a las mujeres y que solo aman a las madres y a las esposas: “para las mujeres no hay más que dos soluciones, de hecho una en dos tiempos: casarse con un hombre y darle hijos. Cuando atienden a su marido, cocinan y se ocupan de los problemas del hogar, cuando además alimentan a los niños, los cuidan y los educan, ya no queda lugar para lo femenino. En ellas, la esposa y la madre matan a la mujer”.

Sobre la cuestión del nihilismo cotidiano explica que en verdad es el resultado de las turbulencias que se producen en la zona de pasaje entre el judeocristianismo de gran vigencia y el poscristianismo “que despunta con modestia”.

¿Cuál es el método o la solución para salir ilesos del corralito epistémico judeocristiano?. Lejos está de ofrecernos una ristra de consejos prácticos o flamantes conceptos para desasirnos al fin del imperio patológico de la pulsión de muerte que pergeñan los tres credos.

Lo que nos propone Onfray es un arduo trabajo filosófico personal y asegura que una introspección bien encaminada alejaría todos los sueños y delirios que nutren a los dioses. Además deja bien en claro que “el ateísmo no es una terapia, sino salud mental recuperada”. Para aquellos que a priori necesitan referentes o figuras del pensamiento que los encaminen, no duda en sugerir contagiarse de los pensadores a los que él mismo acudió y que no responde a la historiografía filosófica dominante. Se refiere a referentes del pensamiento, del arte o de la vida, con humor sobre todo, materialistas, radicales, cínicos, hedonistas, ateos, sensualistas y voluptuosos; “los que saben que solo tenemos un mundo y que al negarlo sólo nos arrojamos a la pérdida de su uso, disfrute y beneficio” aclara.

Confiesa que el término ateología no es de su autoría sino “un concepto olvidado y sublime de George Bataille”. Lo cierto es que su Tratado, si bien aborda cuestiones de densa carga ontológica, se hace lo opuesto a la presunción de una inteligibilidad selectiva. Es una obra que se disfruta por la soltura, el ingenio y el tono que se usa, que para cualquier creyente sonará desfachatado. En sí, es el modo en que se vale de la ironía, apelando también a lo risible lo que propicia descompresión del entramado de los conceptos religiosos. En el tempo de las ideas de Onfray, en la ligereza y en la tensión de sus digresiones es donde se palpita la energía de los manuscritos que dejaron los epígonos del materialismo filosófico. Hay, en ese ritmo, mucho de Nietzsche y hasta del Marx menos técnico y panfletario.

Por lo tanto aquí se cuela la apreciación de un spinettiano como el joven de arriba que aún “se piensa” desde el ser sartreano. A ese pesimismo estructuralista que afirma que dentro de la episteme uno no piensa, es pensado, uno no habla, es hablado, uno no actúa sino que es actuado, se le planta la frescura de las propuestas de Michel Onfray. Las que se alinean hacia un goce y pensar laico poscristiano, es decir posmoderno. Porque como subraya el autor,“la descristianización no pasa por ligerezas y frivolidades, sino por el trabajo sobre la episteme de una época y por la educación de las conciencias con respecto a la razón”.

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El cólera en tiempos del Amor


Primer amor, últimos ritos
Ian McEwan
Anagrama
144 páginas

Por Luis Schiebeler

En su primer libro publicado en 1975, el escritor inglés Ian McEwan ofrece un puñado de relatos donde las obsesiones sexuales, la muerte y el amor se exploran a partir de los episodios que tienen como protagonistas a personajes que aparentan ingenuidad pero ejercen el costado menos solapado del cinismo vulgar.

Fueron los filósofos Michel Onfray y Peter Sloterdijk quienes supieron poner en primer lugar de la agenda del pensamiento contemporáneo, los contrastes y desviaciones del pensamiento cínico. Ambos se encargaron, en los años 80s y 90s, de vigorizar la práctica saludable del cinismo filosófico ligado a los clásicos griegos como Antístenes y Diógenes; aquel que Onfray describe en “Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros” como “una gaya ciencia, un alegre saber insolente y una sabiduría práctica eficaz (…) un arte de hacer caer una tras otra las máscaras de la vida civilizada y de oponer a la hipocresía en boga las costumbres feroces e indómitas del perro vagabundo y sin amo”. Sin embargo, es el neocinismo lo que está en las antípodas de esta tradición filosófica y que Peter Sloterdijk se ocupó de demostrarlo en su obra “Crítica de la Razón Cínica”. El filósofo alemán advierte que la actuación amoral y perversa del cínico moderno no entra en el terreno de la crítica: “sabedor de que el mundo es una construcción subjetiva, el neocínico ya no peca de ingenuidad y usa el saber para justificar lo que deba justificarse” , señala.

Desde la ficción literaria, hay holgados ejemplos cinismo vulgar pero es en la colección de relatos “Primer amor y últimos ritos” de Ian McEwan (1948) donde se reviste de una singular inocencia. Esta primera obra del autor (que junto con Martin Amis y Julian Barnes forma parte de la generación de escritores promocionados por la revista Granta a inicios de los ochentas) no traiciona en absoluto la premisa de Piglia de que un relato visible esconde un relato secreto narrado de un modo elíptico y fragmentario. En efecto, es en esa segunda historia donde McEwan consigue borrar el temple inocente de sus personajes y notifica sin ambages el siniestro velo de una “amoralidad”.

Es en el relato “Mariposas” donde el autor condensa con lucidez estas ideas y no sin la minucia de un sarcasmo gélido. Se trata de un hombre consternado por su soledad y la vacuidad de una rutina sin amigos y que se ve involucrado en la muerte de una niña de 9 años. Un tipo huraño al que le paralizan lo directo que son las niñas de su vecindario; que al limpiarle la boca a una de ellas después de invitarle un helado confiesa: “nunca había tocado los labios de otra persona, ni sentido esa clase de placer”. El lector podrá entrever el temple del señor Meursault de “El extranjero” detrás de la impavidez de este hombre y no el hondo remordimiento del personaje de Kevin Bacon en la película “The Woodman”.

Sobre la líbido a flor de piel de la pubertad, las obsesiones delictivas y sexuales trata “Fabricación casera”; la historia de un niño que obnubilado por transgredir los placeres y normas de la vida adulta termina por someter a su pequeña hermana.

El despertar sexual también se aborda en “Ultimo día de verano” donde se aprecia una límpida descripción de los sentimientos de un niño de 12 años rodeado de hippies adolescentes. Un gran relato que en ningún momento pierde la frescura y la inocencia del mundo de un niño circunspecto y que logra a su vez introducir elementos del morbo.

El humor negro y el sarcasmo del autor se ven “Geometría de sólidos”; una historia sobre lo absurdo y el egoísmo de la vida en pareja. Un joven obstinado en publicar unos escritos de su bisabuelo en los que descubre raras posiciones de tántricas y las “matemáticas de lo absoluto” con los que consigue sacarse de encima a su mujer.

Diferente al resto y con un humor más corrosivo trata “Conversación con un hombre armario”. El soliloquio de un hombre alienado por una deficiente crianza que se encierra en su ropero, se masturba y siente el placer del cautiverio: el uterino resguardo a lo desconocido.

Escritas todas en primera persona, si algo deja en claro Ian McEwan en esta obra y acaso como indica a modo de pista su título (Primer… últimos …) es su forma oximorónica de tratar el amor, nada menos que en los incipientes setentas. Una forma poco discrecional de ubicarse del lado de la muerte de los grandes relatos. Y que al no perfilarse un desenmascaramiento de falsos valores, termina predominando la forma corrosiva en detrimento del objeto a confrontar. Es decir, si acaso asoma en algún momento la crítica como una tímida impronta, la misma se pierde hasta que la burla prevalece, legitimando sin más, la aplicación vulgar del cinismo clásico.

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Spleen del Norte

El gran sueño del paraíso
Sam Shepard
Anagrama. 172 páginas

Por Luis Schiebeler
“Where is Howard? who is Howard? where did he go?. Is he down in the ground? disappeared himself?. He´s no-where to be found!”. Sentado en el medio de la calle con su guitarra enchufada a un miniamp, un joven hipster improvisa esta canción. Su novia baila entre los discos, libros y electrodomésticos que acaban de arrojar desde un primer piso. Tener que aceptar a un padre ausente por tantos años lo perturba. Esta secuencia pertenece a Don’t come knocking (2005), última película de Win Wenders que fue guionada y protagonizada por prestigioso dramaturgo estadounidense Sam Shepard. El film cuenta la historia de Howard, un célebre actor de westerns que a galope abandona el set donde está filmando su última película y se dirige hacia la pradera abierta buscando refugio en antiguos vínculos. Con una notable actuación, Shepard transmite la desolación de un personaje público de cincuenta años, rústico y melancólico, abrumado por el hondo remordimiento de una inmadurez involuntaria que lo arrojó a los excesos y a una vida solitaria.

En efecto, no es azaroso que a esta historia, con un reparto excepcional de Jessica Lange y Sara Polley, le hayan puesto en español el dylanezco título “Llamando a las puertas del cielo”. Es posible que el multifacético autor con el fin de ponerla en escena, la haya descartado del manojo de relatos de su libro ”El gran sueño del paraíso” ya que éste se publicó en el 2002 y la película se comenzó a rodar en el verano del 2003.

Ahora bien, con qué cielo sueñan los personajes de autor de “Cruzando el Paraíso” (1996). Cómo es esa tierra edénica e inaccesible. Detrás de lo simple, austero, acaso mundano de los personajes de Sam Shepard, late una melancolía profunda; como si estuvieran entregados a una letanía interna, sin fin. Y su angustia no la trasforman en abstracciones, ni divagues filosóficos. Sus desventuras no son en ellos materia de digresiones existenciales tan frecuentes en las corrientes literarias europeas. Transmiten otra desazón. Ejercen una especie de metafísica donde el silencio y la poesía exclusivamente visual y bucólica funcionan como elementos eficaces y en pura sintonía con el legado de las deidades literarias de norteamericanas.
En los eximios relatos que integran “El gran sueño del paraíso” aparte de advertirse estas características se destacan por sus finales ingeniosos.

Dentro de un negocio de comidas rápidas un outsider amablemente se obstina a conocer quién de los empleados escribió en un cartón la famosa máxima “la vida es eso que pasa cuando uno está ocupado haciendo planes”. Necesita saber que dimensión toma esa frase en el joven que la escribió. A medida que insiste en preguntar, queda latente en el lector la magnitud de la frase en contraste con el trabajo mecánico de los jóvenes. De eso se trata “Viviendo según el cartel”, un auténtico retrato de la vida contemporánea de la cultura fast, que pone en relieve la vigencia y la claridad de un pensamiento cuyo autor además se disuelve en la levedad de los momentos abstractos, y que tampoco importa demasiado, sino sólo su desinteresada circulación.

Sobre el hastío de la vida familiar y el exilio puesto en marcha por un hombre que se interna en las desérticas rutas americanas retrata “Coalinga a medio camino”. Un relato donde se aprecia la destreza del autor para la creación de diálogos entrecortados y del detalle justo para las alusiones cinematográficas.

Personas con dones extraordinarios y la curiosidad del niño por lo místico se abordan en “El hombre que curaba los caballos” y “Concepción”. El despertar sexual de un niño abnegado a su familia se cuenta en ”La puerta hacia las mujeres”, con un naturalismo bien alejado del clásico relato sobre el enamoramiento virginal.

En cambio, es en “El ojo parpadeante” y “Los intereses de la compañía” donde Shepard adentra al lector en la candidez femenina y en el desempeño emocional de la mujer en situaciones insólitas. En el primero una joven atropella un halcón y la mirada agónica del ave será la señal de un nuevo rumbo en sus decisiones. En el otro relato, una empleada de una gasolinera trabaja bajo presión durante la madrugada hasta que al final le toca ver la cara del peligro.

Señalar con precisión el estilo y el mensaje que nos deja este artista sería tan forzado como tratar de deslindar el paraíso a que aspiran sus personajes. Y tal vez basten acaso, compararlos con las imágenes y sensaciones que transmiten las viejas canciones folk como ‘Waitin’ around to die’ de Townes Van Zandt para saber, a fin de cuentas, de qué van las historias breves de Sam Shepard.

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Talking Heads


Cosmética del enemigo
Amélie Nothomb
Anagrama. 84 páginas.

Por Luis Schiebeler

Imagínese a un personaje como Patrick Bateman en American Psycho esperando abordar un avión al que le advierten que por problemas técnicos su vuelo se demora por tiempo indeterminado. De pronto se le acerca un freaky tipo Rhys Ifans en la película El Intruso, con un ensañamiento de entablar una solemne conversación beckettiana, a lo que el primero, (no tan yuppie ni bizarro como Cristian Bale en ese film, sino un empresario intelectual y de fino sarcasmo) trata con estoicismo de que no le despierten lo peor de su espíritu psycho killer.

Inverosímil o no, un reparto como este no dista mucho de los perfiles que Amelie Nothomb se valió en Cosmética del enemigo para enfrentar a dos personajes varados en un aeropuerto con antagónicas visiones del mundo. El “intruso” que en este caso mosconeará incansablemente a Jerome Angust, un hombre de negocios que sólo quería leer hasta el nuevo aviso de su vuelo, no se llama azarosamente Textor Textel. Él aclarará que su nombre, y para justificar su impronta locuaz, proviene de palabra texto, con raíz en textere, que alude a un tejido de palabras.

Con un elegante manejo de la ironía, la escritora belga pone a debatir a estos hombres bien cerebrales, sobre grandes y controversiales dilemas que ubican a la moral como pivote central. Sobre la cuestión de la fe, el amor, el asesinato, la violación y la culpa, Nothomb ofrece una disección informal que deja al descubierto la parte más siniestra y absurda de nuestra cotidianeidad. Incluso nos invita a sospechar de la región donde más seguro nos sentimos; aquella donde se erigen los valores insobornables.

No infrecuentan las citas a teóricos con algo de snob y humor para justificar los contrastes de opinión. Textel, interpelado por su víctima, se escudará bajo conceptos que van desde Spinoza hasta el anarquismo individualista de Max Stiner.

¿Pero a qué enemigo alude la autora y qué sentido tiene su cosmética? En una entrevista Borges señala que la palabra cosmética tiene su origen en cosmos (el gran orden del mundo) y se refiere al pequeño orden que uno impone a su cara. De modo que el “pelmazo” de esta obra no solo hablará borgesianamente del orden universal, sino que le confesará a su supuesta víctima, lo duro que es descubrir la nulidad de dios y, en contrapartida, el poder omnipresente del enemigo; “aquel que desde el interior demuestra la decrepitud contenida en cada realidad”.

Excéntrica, darkie clásica y fan de Radiohead, Nothomb agotó en una semana 150.000 ejemplares durante la primer tirada de “Cosmética del enemigo” en el 2001; obra que además fue llevada al teatro bajo la dirección del dramaturgo español José Luis Sáiz.

Entretenida, de prosa fresca y desestructurada, esta nouvelle nos deja la sensación que no hay pilling ni botox que mejore la culpa a cara lavada. Que no existe terapia alguna que al menos serene esa especie de bicefalia interna, la supliciante logorrea que emana del peor remordimiento.

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El ojo que mira el magma

Por Luis Schiebeler
El ojo que siente las endechas de la madre naturaleza, la que impone su jurisprudencia donde no interviene la razón del hombre como “hacedor” de la civilización y acaso sí la vibra y su misteriosa connivencia con la femeneidad. El que detracta la historia de represalias que durante siglos acechó a las mujeres por su condición. El que ratifica la inseparable asociación de ellas con la tierra, madre absoluta de toda la humanidad. Éstos parecen ser algunos de los del tripeos que tuvo Lars Von Trier antes de rodar Antichrist su última película protagonizada íntegramente por Charlotte Gainsbourg y Williem Dafoe

El conflicto nodal gira en torno a la extrema tristeza de un matrimonio por la pérdida de su pequeño hijo hasta que el marido, psicoanalista, decide curar a su mujer sumergida en profundos miedos y sufrimientos, mediante una terapia experimental y coercitiva.

La caja negra que conserva el secreto de toda esta película (segmentada además en cuatro capítulos y epílogo) se condensa en su prólogo, sumamente rico por el delicado tratamiento en montaje y fotografías que recuerda a los recursos que Bergman se valió en el preludio de Persona, y a la técnica de fijar el tiempo de la secuencia, de “esculpir el tiempo” como señalaba Andrei Tarkovsky, su creador. Desde luego que al final, se deja bien en claro antes de que se disparen los créditos, que la película es un homenaje al gran cineasta Ruso.

En esas secuencias preliminares y con música de ópera, Von Trier va intercalando imágenes típicas del interior de una casa; un lavarropa que se detiene, una botella que cae derramando líquido hasta que el niño se arroja a vacío mientras sus padres tienen sexo. De este modo, el director remarca de la significativa magnitud de lo que aparenta ser anodino y de lo que subyace en la levedad de las cosas. Otro destacado detalle y que anticipa lo turbio y complejo que se volverá la trama, es cuando la cámara hace un hondo zoom en el agua sucia de un florero mientras la pareja conversa en la habitación de un hospital.

Una estética artesanal, de estilo trash se advierte en cada uno de los separadores que dividen los episodios, acompañados por convencionales cortinas musicales clásicas de película de terror.

El manejo de cámara carece de la neurastenia singular del Dogma 95, sin perder el espíritu de alternancia que destaca y sublima a ese cine. Hay picados vehementes que igual conservan la nitidez y un sofisticado uso de la fotografía. También se ven planos en los que la cámara esgrime como loopings similares a los usó Gaspar Noé en Irreversible o los que se vale Jarmusch en algunas de sus películas.

A medida que el marido va trazando sobre ella un diagnóstico en etapas (ansiedad, desesperación y sufrimiento) la cámara registra como un mapeo de ese pánico que nace de la angustia más profunda.

Hay secuencias un poco forzadas que menoscaban la densidad de las intrigas y connotaciones. Una de ellas es cuando la protagonista intenta demostrar que se ha curado hasta que ve el feto de un ave comida por hormigas que cae de un árbol y se lo come un águila; ella lo asocia a su hijo muerto y reincide en la densa angustia.

La palabra fría, cerebral y clínica del esposo que aspira a sanar a su mujer, paulatinamente va dejando entrever un pensamiento opresor y pedante, que subestima al mundo mágico y esotérico. En cambio, es la mujer quien devela un inquebrantable vínculo con las almas de las mujeres y brujas que siglos atrás padecieron vejaciones hasta el exterminio.

No obstante, la película se vuelve sumamente atractiva cuando se advierte una inversión de sentido en el personaje que simboliza el orden, la certeza y el mundo unidimensional de la razón.

El hombre comienza a tener sueños y visiones que lo perturban y comienza a flaquear su autoconfianza. “¿Cómo, no era que los sueños no son interesantes en la psicología moderna (…) Freud is dead, no es así?, le señala con sarcasmo su mujer.

La tríada naturaleza-maldad-mujer es problemática central de este film que conjuga una densa carga de simbolismos ligados al psicoanálisis, el sadismo, la astrología y lo satánico. Y a los que el director aborda sin más, disolviendo convenciones teóricas hasta la burla.

Es un film que la intriga se sostiene galopante y enmarañada pero que tuvo que bancarse los peores abucheos cuando se estrenó en Cannes el año pasado.

Una película para los que disfrutan de los tripeos conceptuales pero sin teorizar, sin escolastizar, para regodearse en lo inasible, para los lyncheanos desde luego.

Von Trier en su último trabajo hace hablar a una nutria para decirle a la humanidad que “reina el caos”. Muestra a un matrimonio que se sodomiza y la mutilación del sexo femenino. De ese ojo que de alguna manera se ofrece una exaltación, porque mira hacia abajo, hacia el centro de este mundo donde reside acaso, su misterio y su vileza.

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Desperezador de lectores

Por Luis Schiebeler

En el mapamundi de la literatura de Ricardo Piglia algunos temas y figuras notables de la historia política, social y literaria se advierten como países cuyas fronteras se disuelven y se reterritorializan en otros relatos para perpetuar la riqueza de sus legados. Macedonio Fernández, Gombrowicz, Borges, Arlt, Joyce, Faulkner, Perón, el anarquismo, la izquierda nacional, los inmigrantes y la tradición son algunos de los polos arborescentes de su rizoma narrativo. Una y otra vez el autor vuelve sobre ellos con otras variantes y sentidos y que devienen como si fueran objetos de color dentro de un caleidoscopio que al girarlo inician un relato ficcional distinto.

En Prisión Perpetua, Respiración Artificial, La Ciudad Ausente y en el ensayo Formas Breves se perfilan como fasciculados, discontinuos y en ellos funcionan a modo de pivotes temáticos claves: lo relativo a la acción de narrar y lo narrado en sí. “Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario; lo que es superfluo en una historia es básico en la otra” describe Piglia en Tesis sobre el cuento, del libro Formas Breves.

En cambio, es la estructura del lenguaje, del idioma, sus potencialidades y experiencias que proveen sus limitaciones y elasticidad que llevan al autor a esbozar desde sus personajes ficticios un laboratorio de experimentos sobre prácticas discursivas fuera de convenciones verbales.

En La Ciudad Ausente hay un relato llamado Los Nudos Blancos donde en una supuesta clínica unos neurólogos advierten en el personaje clave de la novela, como zonas orgánicas donde se preserva el código verbal y la memoria del lenguaje. Después en la historia de La Isla (que alude a la comuna anarquista que Macedonio Fernández ideó con el padre de Borges y otros amigos en la frontera con el Paraguay hacia fines del siglo 19) sus habitantes dicen: “añoramos un lenguaje más primitivo que el nuestro. Los antepasados hablan de una época en las que las palabras se extendían con la serenidad de la llanura”. Y explican además las alteraciones que la acechan: “El lenguaje se transforma según ciclos discontinuos que reproducen la mayoría de los idiomas conocidos, los habitantes hablan y comprenden instantáneamente la nueva lengua pero olvidan la anterior”.

El mismo capítulo describe también cómo las creencias, las perspectivas del mundo y del hombre parten del lenguaje y la literatura: “La tradición dice que el lenguaje se modifica en las noches de luna llena (…) piensan la patria según la lengua, el concepto de frontera es temporal y sus límites se conjugan con el tiempo de un verbo (…) la única fuente escrita es el Finnegas Wake, lo consideran un libro sagrado porque siempre pueden leerlo sea cual sea el estado en que se encuentre la lengua (…) los comentarios sobre este libro definen la tradición ideológica de la isla”.

En el último capítulo de la novela llamado En la Orilla, Piglia retoma las ideas esbozadas en los Nudos Blancos y en La Isla pero en boca del mentor de la máquina mujer, el Dr. Russo: “Macedonio había descubierto la existencia de los núcleos verbales que preservan el recuerdo, palabras que habían sido usadas y que traían a la memoria todo el dolor. Las estaba anulando de su vocabulario, trataba de suprimirlas y fundar una lengua privada que no tuviera ningún recuerdo adherido. El escribía y hablaba el inglés y el alemán así que mezclaba un idioma con otro para no rozar la piel de las palabras que había usado con Elena”.

La cuestión del lenguaje se desglosa además en dos historias que cuenta la máquina. Una referida a una niña que cree que su vida se proyecta en cosas y los artefactos que la rodea. Creía vivir dentro de un ventilador hasta que un día lo apagaron y perdió el habla. La afasia de la niña logra morigerarse mediante la música y el relato de una historia única por parte de su padre que le repiten con pequeñas variantes para asentar la palabras y un modelo de realidad. La otra es sobre primer anarquista argentino, un gaucho que conoció a Enrico Malatesta en una inundación que los juntó tres días a ginebra y galleta mojada, en un techo, hablando como podían, con dibujitos señas, hasta que el italiano lo convenció de las verdades libertarias.

Años después en los ensayos Formas Breves , Piglia vuelve sobre estas concepciones macedonianas sobre el lenguaje no sin introducir a Gombrowicz. En Notas sobre Macedonio en un diario describe el ideario que éste barajaba sobre la antinovela, el antirealismo, la creación de un nuevo lenguaje como máxima utopía y la idea de convertirse en un inédito; “hasta que no llega Gombrowicz, es como que Macedonio no tiene con quien hablar sobre el arte de hacer novelas”, deduce.

Gombrowicz en su Diario Argentino dice Piglia explica que hay un tartamudeo propio del lenguaje argentino que es como un da, da, do, da que es interno a las palabras.
“Ese señor Fernández sabía escribir, tenía una idea del ritmo” a lo que Piglia agrega Macedonio es el único que ha sabido transmitir ese toctoc, toctoc de galope criollo en el estilo”.

Sobre el autor de Trasatlántico, Piglia publicó dos años atrás un artículo en La Nación donde aclara la importancia del escritor polaco en la literatura universal. “El castellano de Gombrowicz es el idioma de la desposesión, lo aprende en los bares del puerto, con los obreros, los marineros que frecuentaba; una lengua que está cerca de la circulación sexual y del intercambio con desconocidos (…)lo inferior, lo inmaduro, se cristaliza en esa lengua en la que se ve obligado a hablar como un niño”.

En la trastienda de los relatos de Ricardo Piglia se condensan micromundos conceptuales en los que la literatura, filosofía, política y arte se van interconectando y se vinculan hasta los márgenes que admite el lenguaje. Escribe historias acaso con la cadencia de la oralidad que preservan los grandes dilemas de la escritura.

Disfrutar de la obra de este escritor equivale a aceptar de antemano un compromiso para arrojarse por sus vericuetos narrativos, eficaces, para adentrarnos en sus magníficas e inasibles formas de relatar historias o multiplicidades de una misma. Es sentir enhorabuena el desperezamiento, la desterritorialización y el desarraigo personal de los que esperamos el deleite seguro, de los que leemos con expectativas de toparnos con las sorpresas directas y que consumimos literatura al acecho de buenos relatos servidos en bandeja.

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Elogio del talento y la transformación

Por Luis Schiebeler

Al barajar y dar de nuevo, luego de disolver A Tirador Laser en el 2005, Lucas Martí no se propuso hacer sólo discos pop, finos y exclusivos como Pon en Práctica tu ley o Tu entregador, consideró además las vertientes que le brindan la modalidad acústica para reflejar, acaso con autenticidad, los pliegues más primales e íntimos de sus creaciones. Actos de Noción decidió llamarlos y su Segundo y Último es el que ha salido recientemente por el sello Los Años Luz que contiene 23 temas y el cover En las calles de Liniers de Hermética. Presenta también cinco tracks instrumentales que funcionan como interludios, en los que el piano y las guitarras se entreveran propiciando la eficacia de los intervalos.

Al margen de la canción de Hermética (que desde luego se celebra por la austeridad y la cadencia gitana con la que lo interpreta y que era de prever, por el ingenio desprejuiciado e irreverente de LM ) el disco ofrece destacados logros que ameritan tentativas de análisis como las que se ofrece sobre su letrística más abajo de esta nota.

Se destacan los punteos mesurados de guitarras eléctricas, algunos a cargo Ezequiel Kronenberg, ejecutadas con bastante flanger que demarcan las melodías y estribillos de casi todos los temas y que le vierten una atinada singularidad. Ingeniosos arpegios de base payadora, tanguera y punteos de indudable raigambre folklórica se aprecian en temas como También puede ser amor y Novela.

Letras elaboradas y frescas melodías se disfrutan en Flecha, una de las canciones más bellas para quien escribe y la más larga del disco aunque no llega a los 4 minutos y medio. “Física erosión y el desgaste de los cuerpos deterioran la tracción (…) Antireligión, anticuerpo, antisueños, antitodo, anti soy” se sincera LM en este tema con un leve tono de aflicción y como si nos cantara muy de cerca hasta que hacia el final, la voz de María Ezquiaga sola, mínimamente ornamentada por pianos y punteos con flanger terminan de potenciar el aura de la canción. Aunque (Remera Combativa) es otra excelente composición donde la lírica y la cadencia de fogón invitan acompañar con palmas durante el pegadizo estribillo.

El arte de tapa titulado “Mosaico de CeDes” fue diseñado por LM y es otra muestra de los inagotables recursos de los que se vale para despuntar su predilección por la estética artesanal. Grabado y Mezclado en Estudios Avesexua por Guillermo Mandrafina, este disco requiere, acaso para disfrutarlo al mango, de una holgada predisposición y esmero al escuchar; teniendo en cuenta estas condiciones, el oyente tendrá innegable acceso a la cadenciosa y sensible bruma de tonos, letras y afables melodías.

Una aproximación a su letrística
Se advierten ciertos nudos temáticos en la escritura de LM que reflejan acaso consignas y apremios que acechan a jóvenes de su misma generación. Desde Otro Rosa (A Tirador Laser 2002), el miedo, enunciado a secas, no será infrecuente en el resto de los discos, “a la mierda con todo el temor que me exige decidir”; “en todo lo que he visto, hay poco que es distinto y el miedo esta primero frenándote al llegar”. Aquí también se engarza otra cuestión distintiva, la decisión y acción de cambiar, que terminan por convertirse hasta en un lema preponderante; “quisiera cambiar, mi miedo es cambiar de verdad” , “sé también que hay otras cosas y que las quiero probar, cómo interpretas otro rosa sin probar”.

En su Primer y último acto de noción(2005) LM dice en Acto: “ya no hay mas cambiar para olvidar” pero es en este Segundo y último acto de noción donde Martí deja entrever el concepto de transformación como antídoto para la angustia y hacia un genuino renacimiento; “le pareció mejor cambiarse de tema que andar reparando su amor” dice en Aventurero, corte del disco, después en Paso a lo anterior señala:”no hay cambio a un anterior, los años afirman que es hoy”.

En Mal Adelantado hasta interpela al oyente con esta self confidence: “me invaden ganas de mutar, a vos no te dan ganas de cambiar?, un minuto es mucho mas que tiempo en donde vas a transformarte en lo mejor” y en Cómo dejar atrás la cuestión flaquea: “temo que el tiempo ha cambiado y yo no he cambiado de tiempo”

Otro concepto distintivo, para quien escribe, desde luego, son las metáforas, las traslaciones que hace de la vida y el amor como a una batalla cotidiana y las personas como guerreros inclaudicables. Se proponen en Hace tiempo atrás, “la guerra fue tortura y salvación (…) llegué a matar a otros y olvidarlos (…) si recuerdo que mataste vos”, y en Aunque (Remera combativa) corea: “Esa bandera que alzas en guerra delata tu posición (…) esa remera que grita guerra les gusta pues dan con vos”.

En cambio, es en su disco anterior Pon en práctica tu ley que comienzan figurarse ésta idea de la vida como beligerancia permanente y que se puede apreciar en el video del corte No dejes de cantarle al amor. En él se ve al artista como un miliciano con atuendos negros, borcegos y mochila, ejercitando tácticas combativas en la calle mientras amanece en una ciudad solitaria e intenta unirse con un hada con quien hace contacto aunque no físico.

También se indican otros temas menos frecuentes como el valerse de tonalidades para expresar ideas “Rojo en las ventanas, rojo del dolor, rojo de un amor” (Hace tiempo atrás)“Para creer que el celeste es bello habrás visto el siniestro rojo en él” (Best Seller)“Ocho colores en forma de rayas entre ellos hay tanto misterio” y “Mi rojo es distorsión verde distensión y todos juntos me enredan por color”(Acto y Por el Fin, ambos del Primer y Último acto de Noción)

Si se ha preconizado con exceso a este artista, en verdad no le importa demasiado a quien escribe. La tentativa original de la nota fue volcar algunas nociones apreciativas de un disco que acaso, como sus precedentes, remarcan la libertad creativa e insobornable de LM.

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Una antología de grandes sonidos´Post´

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A inicios de octubre salió un disco super esperado aunque archiprotegido para bajar y que suscita esa especie de paradoja sobre la figura de los eximios productores musicales al mando de una banda. Bajo el efectista título Ultraísta Nigel Godrich, el productor estrella que trabajó con Radiohead (desde Ok Computer hasta King of Limbs) con Paul Mc Cartey, Beck y U2 entre otros, lanzó el disco debut y homónimo de su banda que dejó la ambigua combinación de belleza y vacuidad. Junto al baterista y productor Joey Waronker (convocado por REM, Smashing Pumpkins, Norah Jones y Elliott Smith) y la cantante veinteañera Laura Bettinson, el trío no parece haber complacido las expectativas que generaron sus cortes de difusión Smalltalk y Static light.

En efecto, lo que se escuchó después en el disco es apenas una tenue continuación de la cadencia acid house y deep advertida en esos adelantos y un insospechable link al trabajo solista de Thom Yorke The Eraser. Lo curioso es que además no hay un solo rastro concreto de la supuesta dosis de afrobeat tan anuncida durante el lanzamiento.

Ultraísta se presenta con un trabajo bien concreto, delicado aunque demasiado homogéneo. Una decena de canciones donde los elementos a repetición que uniformizan y le dan identidad a la banda son: una estética visual minimal donde el recurso de los colores sustractivos se vuelcan tanto en el arte de tapa como en los videos. Parches electrónicos (Octapad), bases disparadas vía Macbook, rellenos de batería acústica, sintetizadores sustractivos y un registro de voz femenina poco distintivo que ni amaga con romper la monotonía compositiva.

Parece que la madre de Godrich le regaló un libro de Borges que encontró en un centro de caridad y el gran productor se cebó hasta inspirarse en el Ultraísmo y otros movimientos artísticos del período de entreguerras para formar su propia banda.

Lo que motorizaba a los ultraístas era ir ´más allá de los ismos´ en producción literaria. Sin embargo, y no es por esgrimir una especie de chauvinismo reseñista pero una banda local como Isla de los Estados que tiene como líder creativo a la usina prolífica de Flavio Etcheto genera propuestas musicales mucho más jugadas, modernas y variopintas que un refrito mainstream de sonidos, arreglos y bases electros ya super recorridas y que sacan chapa de inspirarse en el espíritu de una secta literaria de la que Borges, en verdad, siempre renegó.

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La tristeza de porcelana

Por Luis Schiebeler
(Review del disco debut de Porcelain Raft “Strange Weekend” publicada en IndieHearts)

Un salón de bodas vacío. Globos en los rincones del piso que parecen respirar exánimes. La bola de boliche que gira cansina sobre los restos de un decorado ya inútil.Videos caseros que se siguen proyectando en una pared, mientras que en la mente del hombre taciturno, reverberan las muecas y rumores de una celebración que no fue.El desconsuelo en los pliegues del vestido, en el centro de mesa, en el souvenir de porcelana. Estas imágenes y sabores que una wedding planner nunca podría preveer, nos deja Strange Weekend, la opera prima de Mauro Remiddi, más conocido como Porcelain Raft. Luego de sus autogestionados eps Curve 2010 y Gone Blind 2011, y sus singles Collection of Porcelain y Fountain´s Head, el músico italo-londinense debuta bajo el sello Secretly Canadian, con un disco pleno de evanescencias melancólicas, sin refritos y con el mejor sleepwalking pop (estilo que Remiddi prefiere que rotulen a su música). Las canciones son sólo una decena, bien finas y emanan las maduras nostalgias de un músico que, cercando los cuarenta, sabe administrar la dosis de solemnidad y dramaticidad, y sin caer en revisionismos. Acaso lo mas hype aunque distintivo del álbum son la suma de bases electrónicas con arreglos de shakers; le siguen los sintes apenas secuenciados, los retazos de loops y todo bajo un sonido envolvente, camaroso que bordea elegante por los espacios del dreampop y shoegaze, aggiornando y priorizando desde luego, la complicidad de llevarnos de sensaciones gélidas a la candidez más ensoñadora.


Driftin In And Out, Unless You Speak From Your Heart y Put Me To Sleep son el puñado de canciones notables del disco que aunque no llegan a ser hits, nos sumergen en esas melosidades que dejaron Cocteau Twins y The Cure, pasando por el sonido que barajan los actuales Beach House y M83; banda que el italiano está taloneado actualmente por España. Le siguen Picture y Shepeless &amp Gone, los tracks más románticos noventosos y en los que el registro vocal de Remiddi aparece más afectado y femenino. La misma cadencia dark, aunque más reservada e instrumental se advierte en Backwords, Is It Too Deep For You y If You Have a Wish.

Strange Weekend no tiene grandes innovaciones; aún así es un disco confiable y suavemente onírico. Como destinado a los que se siguen enajenando en esos devenires imperceptibles. A quienes se quedan anonadados en los acontecimientos emotivos. O simplemente al que le gusta abrazarse y bailar un “lento” con su sombra.

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Change or Die


Por Luis Schiebeler
(review del disco Ten$ion de Die Antwoord, publicada en IndieHearts)

¿Cuánto se puede sostener la astucia del pastiche, de la parodia y lo intertextual?¿Hasta donde aguanta un concepto que se vale de éstos recursos? Y si acaso fuesen renovables ¿podría surgir algo auténtico? Lo nuevo de los sudafricanos Die Antwoord, se titula Ten$ion (2012) y es tan vigoroso y nasty como $O$(2009) aunque todo ese big making que los llevó de gira con M.I.A. y llamó la atención a David Lynch, ya se advierte un poco exánime.
“I Fink U Freaky” es el corte de difusión y parece que insisten con ese combo de euroforia pastillera y hip-hop de blancos que le llaman rap-rave. Aún así, a la flamante canción no le faltan ni los susurros creepies e infantiles de la cantante Yo- Landi Vi$$er, ni el liriqueo grotesco de Ninja, el otro MC, y menos el menjunje de beats de Hi -Tek, el dj. Es un tema bien sintético y bailarlo sería como moverse con tres al mismo tiempo; como si sonaran Technotronic, Aqua y House of Pain a la vez. Sin embargo, es en el videoclip donde la oferta de los sudafricanos parece flaquear, pese a la impresionante dirección artística del gran fotógrafo norteamericano Roger Ballen. El clip muestra en blanco y negro una especie de certamen de baile como de freak style en un sótano todo corroído. Se ven máscaras, serpientes, ratas, insectos, dibujos siniestros y arcaicos, mientras Yo-Landi corea con su típico acento afrikáans (lengua de los colonos holandeses en Sudáfrica) “I think you are freaky and i like you a lot”. Ahora bien, ¿hacía falta exacerbar la estética lumpen – marginal que los identifica? Como si nadie se hubiera dado cuenta de eso en sus clips anteriores “Zef side” y “Evil Boy”, que llegaron a tener millones de visitas en You tube. Además, la estética trash está tan trabajada, tan cuidada y cifrada que, empezar a sospechar de la a priori condición freak de la banda, ahora parece otra obviedad.

De todas formas, Ten$ion es un disco coherente que no salió por Interscope Records como $O$ sino por Zef Recordz, el nuevo sello de la banda. Abre con “Never Le Nkemise I”, un track bien electro, distorsionado y dubstep. Le siguen “Zefside Zol” y “Fatty Boom Boom”, puras bases tribales que en la línea de M.I.A. arrojan mística.”Hey Sexy”, “So What” y “Baby’s On Fire” son quizás los mas flojos y chiclosos, que van de un sonido boys band al clásico white rap. El cierre está cargo de “Never Le Nkemise 2”, algo así como Justice tocando eurotrance en una Love Parade.

Die Antwoord, significa “la respuesta” en afrikáans (lengua germánica) y la tendrán acaso, cuando su público se aburra de verlos bizarrear y empastichear canciones. Baricco dice que toda mutación es dolorosa, siempre imperfecta e incompleta, de modo que no queda otra que desearles un feliz cambio de piel.

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Alunizados para siempre



Por Luis Schiebeler
(Review de Air-Les Voyage dans la Lune(2012), publicado en IndieHearts)

Que Groupama Gan y Technicolor, las dos fundaciones que lideran la conservación de obras maestras del cine hayan seleccionado a Air como banda sonora de la centenaria y restaurada película de los hermanos Meliés “Viaje a la Luna”, es una decisión tan acertada como correspondida. No solo ubicó al dúo francés en una posición honorable de su carrera, sino que además esta epónima obra del séptimo arte de culto quedó afortunadamente revitalizada en virtud del maduro trabajo de la banda. De modo que, estimulados por su aporte en este film de catorce minutos, Air decidió ampliar sus motivaciones musicales y el 7 de febrero lanzó oficialmente su séptimo álbum de estudio inspirado en la película. Un disco bien somático que late de realismo y en el que se advierte el proceso artesanal al que se sometieron para estar en consonancia con la otrora cadencia lúdica y experimental de los Meliés al descubrir las posibilidades del famoso kinetoscopio. La agrupación integrada por Nicolás Godin y Jean-Benoit Dunckel explicó que quisieron transmitir narraciones lunáticas valiéndose de percusiones y algunos efectos caseros. Y efectivamente es lo más destacable del disco, aunque ya lo hayan explotado en Virgin Suicides (2000). Tambores de orquesta y sonidos ululantes de sintetizadores que parecen sirenas antiguas son los que predominan en el álbum y que arrojan intensidad a los climas apoteóticos.

De los once tracks, los primeros ya anticipan la presencia de las baterías con sonidos gordos y secos. Hay ingeniosos arreglos de tones grabados en simultáneo como en Seven Stars, de sello bien de Air y que cuenta con la voz de Victoria Legrand (Beach House). Sonic Armada es otro magnífico tema, casi progresivo con un genial desmadre de sintetizadores hacia el final. Una amalgama de estilos, sonidos synths y heavies se advierten en Parade y Cosmic Trip; remitiendo este último bastante a The World Hurricane de Virgine Suicides. Le siguen Moon Fever, un track onírico, meramentre ornamental, cinematográfico y Lava, en el que meten un arpegio de banjo en medio de un clima bien galáctico. Who am I es acaso lo más flojo del disco y es el que cuenta con el aporte de las integrantes de Au Revoir Simone.

Air se sacó las ganas. Pudo canalizar sus lunáticas obstinaciones y nada menos que con la obra que inauguró el cine de ciencia ficción. Bajaron en música lo que los Meliés flashearon con el kinetoscopio de Edison. A todo ese pandemónium lunático, con bufones, astrónomos, magia y lirismo de “Les Voyage Das La Lune”, los franceses le ponen su impronta Moog, sideral y procurando el leit motiv del film.
Las detracciones inevitables, obviamente las recibieron en su país por tratarse de una osadía para con un hito nacional del cine.

Catorce años atrás la banda ranqueó alevosamente con el magistral Moon Safari (1998). Hoy, piloteados por la eminencia de los Meliés parece que alunizaron nuevamente para ratificar que sus fulguraciones musicales, son inagotables.

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100 % arty y synthético

Por Luis Schiebeler
A mediados de los 80´ nadie podía evitar al menos silbar la pegadiza canción “Cést l’ouate” que en fonética argenta se reproduce celaua, de la actriz y cantante francesa Caroline Loeb. La letra de este tema, grasa y zalamero, como la mayoría de las canciones de esa década que dejaban tarareando a todo el mundo, habla de la obsesión por el algodón (l’ouate) como superficie o material hedonista que siente una francesa perezosa y adinerada. Mas allá de que las sensaciones que pueda generar esta canción (como la de recordar a Joan Collins sacándose el corsé de encaje en la película The Bitch) la composición no es tan insustancial como parece. Desde luego que es insulsa y distante pero también es sensual e incita bailar fríamente. Tiene sobrios arreglos de sintetizadores, de guitarras y un bajo elegante como base que le provee la estructura disco. Los coros que dicen “cést l’ouate” son ingenuos y rústicos mientras que la voz central que casi ni entona, canta con altanería. Si encima las melodías escasean y no hay rastros de emoción,¿qué tiene entonces de atractiva la canción de Loeb?. Que se baila con sensaciones desangeladas y taciturnas un tema que roza lo plástico, aunque parezca una de esas canciones que vienen de demo en los viejos teclados Casio tones. Que se toma dimensión de que una canción pop amateur interpretada con actitud y mesura puede ser un hit y hacer bailar a cualquiera.

En efecto, lo que sorprende es encontrar acaso estas ideas en una banda que proviene del sur de Alemania y que desde luego no tiene un pelo de vulgaridad. Ellos son Pollyester, el dúo de Munich que este año lanzó su primer disco “Earthly Powers” bajo el sello Permanente Vacation. Este álbum que lleva en mismo título del famoso y extenso libro de Anthony Burgess, tiene 11 temas potentes y el cover de Happy Mondays “24 hours Party People”. Casi todos son bailables y al menos cuatro tienen la efectividad de un corte de difusión. “Pikant”, “Round Clocks”, “Concierge d´mour” y “German love letter” además tienen sus videos de difusión en los se pueden advertir la afinidad de la banda con la estética noir. La prensa británica no tardó en pegarles un sticker identitario tildándolos de progenitores del “Cosmic Disco” y que están cerca de Can, The Slits, Siouxie y Nico, sin embargo esas no son más que ineludibles fulguraciones sonoras. Porque si creen así, se olvidaron de Devo, Wire y Kraftwerk, entre otros. Tampoco hacen Kraut Disco per se como le adjudican porque es notorio que están mas forjados por el Disco que por el Kraut. Lo cierto es que Pollyester ofrece un trabajo contundente, una amalgama de géneros con canciones tan frescas y sugestivas como inclasificables. No le hacen lugar a las guitarras. La elegante variedad de canciones está bajo una estructura compositiva en la que prevalecen los bajos de la cantante Polina Lapkovskaja, (ex Kamerakino y vocalista del album debut de Mook & Toof) las baterías Manuel da Coll (que toca también en La Brass Banda) además de las capas de sintetizadores con sonidos creepy que propician lo distintivo de a la agrupación.

Polly la noir

El estilo y el ingenio de la cantante de Pollyester va jalonando también la vida nocturna de Munich. Polina Lapkovskaja (26) alcanzó notoriedad también por ser la organizadora y dj de Zombocombo Nights, una serie de fiestas que combinan arte preformativo con música disco y que ofrecen una mirada irónica de la sociedad. Estas fiestas que tienen lugar una vez por mes, las vienen haciendo durante cuatro años y según aclara su web es lo mas impredecible que puede haber en la escena clubber de Alemania.

Da gusto dejarse impresionar gradualmente por bandas flamantes e inmiscuirse en los matices de sus composiciones.
Enhorabuena, Pollyester no imita, sino que conecta con esa especie de halos que dejaron bandas únicas y de culto. Hacen de la levedad y lo plástico del formato disco, algo refinado y arty. Y quizá la fórmula para hacer buena música sea esa, “estar full time en el arte”. Por algo en su web remarcan que el cover que hacen de Happy Mondays se llama “24 hours Arty People”.

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El “color esperanza” del éxodo

Muestra “Los emigrantes” Susana Bonnet.
Salón de Pasos Perdidos.
Universidad Nacional de Buenos Aires.
Facultad de Derecho.
18 al 31 de octubre 2002

Por Luis Schiebeler

Ventanas que incitan al exilio, pequeñas puertas que se abren hacia otras orillas; la fuga, la fiebre del éxodo y la adversidad de la patria son las sensaciones que respiran los óleos de la artista plástica Susana Bonnet, que hasta el 31 de octubre expone sus obras en el Salón de los Pasos Perdidos de la Facultad de Derecho (U.B.A.)

En la muestra titulada “ Los emigrantes” Bonnet representa con provocadores matices de colores a desolados personajes que deambulan extraviados en profundas intemperies.

Desde el desarrollo cromático de los óleos, la irradiación de fuertes colores da lugar a una espaciosa perspectiva que devora a los pequeños contornos de figuras humanas, que emigran sobre una vasta naturaleza abstracta.

Los cuerpos de los itinerantes se lucen abandonados a una desolada desnudez, y sus rostros famélicos expresan la búsqueda de nuevos terrenos fértiles para el trabajo digno y la propiedad.

A través de la creativa distribución de los espacios, la elección de los colores y el atinado aspecto de la anatomía, la artista logra conectar el corazón del público con la situación de desarraigo que en la actualidad sufren muchos de los argentinos sumados al masivo éxodo nacional.

Con sólo caminar por el Salón de los Pasos Perdidos, la original plasticidad de Bonnet ( quizás con algunos vestigios de fauvismo o expresionismo) alcanza a seducir al sensible espectador a perderse en el incierto mundo de “Los emigrantes”.

Hoy más que nunca, donde la coyuntura padece la peor crisis de la historia argentina, el compromiso de los artistas en retratar a la realidad, debe cumplir un rol de suma relevancia, ya que estas obras penetran directamente en el imaginario colectivo de la sociedad y generan una reacción solidaria para la recomposición de la cultura y de la dignidad nacional.


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