Archivo mensual: julio 2010

Talking Heads


Cosmética del enemigo
Amélie Nothomb
Anagrama. 84 páginas.

Por Luis Schiebeler

Imagínese a un personaje como Patrick Bateman en American Psycho esperando abordar un avión al que le advierten que por problemas técnicos su vuelo se demora por tiempo indeterminado. De pronto se le acerca un freaky tipo Rhys Ifans en la película El Intruso, con un ensañamiento de entablar una solemne conversación beckettiana, a lo que el primero, (no tan yuppie ni bizarro como Cristian Bale en ese film, sino un empresario intelectual y de fino sarcasmo) trata con estoicismo de que no le despierten lo peor de su espíritu psycho killer.

Inverosímil o no, un reparto como este no dista mucho de los perfiles que Amelie Nothomb se valió en Cosmética del enemigo para enfrentar a dos personajes varados en un aeropuerto con antagónicas visiones del mundo. El “intruso” que en este caso mosconeará incansablemente a Jerome Angust, un hombre de negocios que sólo quería leer hasta el nuevo aviso de su vuelo, no se llama azarosamente Textor Textel. Él aclarará que su nombre, y para justificar su impronta locuaz, proviene de palabra texto, con raíz en textere, que alude a un tejido de palabras.

Con un elegante manejo de la ironía, la escritora belga pone a debatir a estos hombres bien cerebrales, sobre grandes y controversiales dilemas que ubican a la moral como pivote central. Sobre la cuestión de la fe, el amor, el asesinato, la violación y la culpa, Nothomb ofrece una disección informal que deja al descubierto la parte más siniestra y absurda de nuestra cotidianeidad. Incluso nos invita a sospechar de la región donde más seguro nos sentimos; aquella donde se erigen los valores insobornables.

No infrecuentan las citas a teóricos con algo de snob y humor para justificar los contrastes de opinión. Textel, interpelado por su víctima, se escudará bajo conceptos que van desde Spinoza hasta el anarquismo individualista de Max Stiner.

¿Pero a qué enemigo alude la autora y qué sentido tiene su cosmética? En una entrevista Borges señala que la palabra cosmética tiene su origen en cosmos (el gran orden del mundo) y se refiere al pequeño orden que uno impone a su cara. De modo que el “pelmazo” de esta obra no solo hablará borgesianamente del orden universal, sino que le confesará a su supuesta víctima, lo duro que es descubrir la nulidad de dios y, en contrapartida, el poder omnipresente del enemigo; “aquel que desde el interior demuestra la decrepitud contenida en cada realidad”.

Excéntrica, darkie clásica y fan de Radiohead, Nothomb agotó en una semana 150.000 ejemplares durante la primer tirada de “Cosmética del enemigo” en el 2001; obra que además fue llevada al teatro bajo la dirección del dramaturgo español José Luis Sáiz.

Entretenida, de prosa fresca y desestructurada, esta nouvelle nos deja la sensación que no hay pilling ni botox que mejore la culpa a cara lavada. Que no existe terapia alguna que al menos serene esa especie de bicefalia interna, la supliciante logorrea que emana del peor remordimiento.

4 comentarios

Archivado bajo Libros, Literatura, Reseña Crítica

El narcótico monólogo del hastío

Thomas Bernhard

Anagrama. 128 pags.

Por Luis Schiebeler

Esta obra lleva como título y a modo de oxímoron el asentimiento de la más trágica determinación en la vida de un hombre. En efecto, esa afirmación no provendrá del hastío insondable del protagonista, sino que será esgrimida y como si fuera una broma del peor gusto, por quien personificó al menos por un corto tiempo, el leitmotiv de su inspiración.

El personaje de sabe que él esta mal y que exagerar su dolencia es ser consecuente con su personalidad. Su pensamiento excede lo negativo, practica el autoboicot y se va deslizando en un monólogo cuya verbalidad hemorrágica y corrosiva no es más que una consecuencia que ya había previsto. El deber de un intelectual científico es el de aislarse por amor a su trabajo, se convence; pero luego se da cuenta que si ese retiro es demasiado radical puede resultar tan contraproducente como para acabar con su vida intelectual.

De modo que el protagonista sabe con precisión cuál es su posición auténtica, su deber como pensador científico. Y no poder canalizar esta determinación en sus estudios, le genera rodeos mentales y estériles en torno a su impotencia que solo incrementa su desequilibrio emocional, so pretexto de la experiencia de la introspección.

Meses esperando que el deseo germine y le de el envión hacia la voluntad que ameritaba su imperioso quehacer en el mundo. Largos períodos sin ningún tipo de contacto, sin contar las pocas visitas que hacía a Moritz, su único “amigo” y testigo de su deplorable depresión. Con él lograba descargarse, hacer catarsis y sabía que lo maltrataba verbalmente.

De pronto, un hálito de luz parece penetrar en la sofocante bruma de su mente, una compañía auténtica e ideal con la cual conversar sobre Schumann y Schopenhauer. Y que jamás hubiera sospechado que se trataría nada menos que de una mujer. Que hermoso es estar con una persona para quien los propios conceptos son tan claros y decisivos como para uno mismo, piensa al interactuar con ella. Sin embargo, cuán verosímil le puede resultar esa digresión a una personalidad tan pesimista como la de este personaje.

es la sexta novela del escritor austríaco Thomas Bernhard (1931-1989). Un relato sin artilugios ni recursos literarios que logra contagiar al lector de las sensaciones sofocantes y claustrofóbicas que invaden a una persona depresiva.

Es un texto que tiene la intensidad de una oralidad confusa aunque sin llegar a la verborragia del cocainómano extremo.

Hasta el final, el lector sentirá la adrenalina de una mente ofuscada que palpita entre oraciones con infrecuente puntuación sintáctica. Y que pese a todo, no parece por momentos renegar del su flagelo. Anarquía es todo lo que hay en una mente intelectual dirá luego, con jactancia y sin rodeos.

2 comentarios

Archivado bajo Libros, Literatura, Reseña Crítica

El ojo que mira el magma

Por Luis Schiebeler
El ojo que siente las endechas de la madre naturaleza, la que impone su jurisprudencia donde no interviene la razón del hombre como “hacedor” de la civilización y acaso sí la vibra y su misteriosa connivencia con la femeneidad. El que detracta la historia de represalias que durante siglos acechó a las mujeres por su condición. El que ratifica la inseparable asociación de ellas con la tierra, madre absoluta de toda la humanidad. Éstos parecen ser algunos de los del tripeos que tuvo Lars Von Trier antes de rodar Antichrist su última película protagonizada íntegramente por Charlotte Gainsbourg y Williem Dafoe

El conflicto nodal gira en torno a la extrema tristeza de un matrimonio por la pérdida de su pequeño hijo hasta que el marido, psicoanalista, decide curar a su mujer sumergida en profundos miedos y sufrimientos, mediante una terapia experimental y coercitiva.

La caja negra que conserva el secreto de toda esta película (segmentada además en cuatro capítulos y epílogo) se condensa en su prólogo, sumamente rico por el delicado tratamiento en montaje y fotografías que recuerda a los recursos que Bergman se valió en el preludio de Persona, y a la técnica de fijar el tiempo de la secuencia, de “esculpir el tiempo” como señalaba Andrei Tarkovsky, su creador. Desde luego que al final, se deja bien en claro antes de que se disparen los créditos, que la película es un homenaje al gran cineasta Ruso.

En esas secuencias preliminares y con música de ópera, Von Trier va intercalando imágenes típicas del interior de una casa; un lavarropa que se detiene, una botella que cae derramando líquido hasta que el niño se arroja a vacío mientras sus padres tienen sexo. De este modo, el director remarca de la significativa magnitud de lo que aparenta ser anodino y de lo que subyace en la levedad de las cosas. Otro destacado detalle y que anticipa lo turbio y complejo que se volverá la trama, es cuando la cámara hace un hondo zoom en el agua sucia de un florero mientras la pareja conversa en la habitación de un hospital.

Una estética artesanal, de estilo trash se advierte en cada uno de los separadores que dividen los episodios, acompañados por convencionales cortinas musicales clásicas de película de terror.

El manejo de cámara carece de la neurastenia singular del Dogma 95, sin perder el espíritu de alternancia que destaca y sublima a ese cine. Hay picados vehementes que igual conservan la nitidez y un sofisticado uso de la fotografía. También se ven planos en los que la cámara esgrime como loopings similares a los usó Gaspar Noé en Irreversible o los que se vale Jarmusch en algunas de sus películas.

A medida que el marido va trazando sobre ella un diagnóstico en etapas (ansiedad, desesperación y sufrimiento) la cámara registra como un mapeo de ese pánico que nace de la angustia más profunda.

Hay secuencias un poco forzadas que menoscaban la densidad de las intrigas y connotaciones. Una de ellas es cuando la protagonista intenta demostrar que se ha curado hasta que ve el feto de un ave comida por hormigas que cae de un árbol y se lo come un águila; ella lo asocia a su hijo muerto y reincide en la densa angustia.

La palabra fría, cerebral y clínica del esposo que aspira a sanar a su mujer, paulatinamente va dejando entrever un pensamiento opresor y pedante, que subestima al mundo mágico y esotérico. En cambio, es la mujer quien devela un inquebrantable vínculo con las almas de las mujeres y brujas que siglos atrás padecieron vejaciones hasta el exterminio.

No obstante, la película se vuelve sumamente atractiva cuando se advierte una inversión de sentido en el personaje que simboliza el orden, la certeza y el mundo unidimensional de la razón.

El hombre comienza a tener sueños y visiones que lo perturban y comienza a flaquear su autoconfianza. “¿Cómo, no era que los sueños no son interesantes en la psicología moderna (…) Freud is dead, no es así?, le señala con sarcasmo su mujer.

La tríada naturaleza-maldad-mujer es problemática central de este film que conjuga una densa carga de simbolismos ligados al psicoanálisis, el sadismo, la astrología y lo satánico. Y a los que el director aborda sin más, disolviendo convenciones teóricas hasta la burla.

Es un film que la intriga se sostiene galopante y enmarañada pero que tuvo que bancarse los peores abucheos cuando se estrenó en Cannes el año pasado.

Una película para los que disfrutan de los tripeos conceptuales pero sin teorizar, sin escolastizar, para regodearse en lo inasible, para los lyncheanos desde luego.

Von Trier en su último trabajo hace hablar a una nutria para decirle a la humanidad que “reina el caos”. Muestra a un matrimonio que se sodomiza y la mutilación del sexo femenino. De ese ojo que de alguna manera se ofrece una exaltación, porque mira hacia abajo, hacia el centro de este mundo donde reside acaso, su misterio y su vileza.

8 comentarios

Archivado bajo Cine