Archivo mensual: noviembre 2010

Contra todos los tanáticos de este mundo


Tratado de Ateología
Michel Onfray
Anagrama
269 páginas


Por Luis Schiebeler

“Si lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo”, entonces debemos preocuparnos por descristianizarla, si acaso quieres, un mundo mejor posible. Una reflexión de este tipo podríamos suponer que le propondría Michel Onfray, el filósofo actual más popular de Francia, a un joven apasionado por la mística spinettiana. Este pensador fácilmente podría detectar el gran dispositivo filosófico que funciona en la letrística del ex líder de Invisible para introducir sus ideas. Por ejemplo en referencia a “esos encapuchados de un mundo viejo” que alude la canción “Credulidad” de Pescado Rabioso, no dudaría en advertir que aun viven entre nosotros y nada menos que bajo la máscara de la laicidad moderna.

Michel Onfray (1959) autor de más de treinta libros, es el creador de la Universidad Popular de Caen y un referente decisivo en la actualidad filosófica. Nunca dejará de sorprenderle la insondable credulidad en la historia de los hombres y siendo un notable hedonista, considera que la práctica de un ateísmo militante abrirá paso hacia una auténtica vida placentera. “Tratado de Ateología” es el más exitoso de sus libros y en el que se ocupa casi con fervor de sacudirle al lector los remanentes agua bendita de su bautismo, aunque no se tenga un recuerdo imperecedero de ese rito popular. En efecto, fueron más de 200 mil franceses los que compraron este libro para ver el ingenio crítico y demoledor del autor sobre los tres monoteísmos dominantes: el cristianismo, el judaísmo y el Islam, a los que aborda sin piedad y en el mismo nivel.

El libro comienza con el relato de un viaje que el autor hizo a Mauritania donde confiesa:“los mundos subyacentes me parecen que fueron creados por hombres fatigados, exhaustos por el trajín de las dunas los desiertos (…) el monoteísmo surge de la arena”.

Onfray se encarga de demostrar cuáles son las usinas tanáticas que motorizan la fe en los tres monoteísmos por igual: el odio a la inteligencia, a la libertad, a la vida, a la sexualidad, a las mujeres, a lo femenino, al cuerpo. Invita a pensar por qué defienden la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el mas allá, el ángel asexuado y a la castidad, la virginidad y la fidelidad monogámica(…) “es como decir crucifiquemos la vida y celebremos la nada”, deduce.

Un pasaje notable del libro es el que alude a la misoginia. El autor asevera que las religiones detestan a las mujeres y que solo aman a las madres y a las esposas: “para las mujeres no hay más que dos soluciones, de hecho una en dos tiempos: casarse con un hombre y darle hijos. Cuando atienden a su marido, cocinan y se ocupan de los problemas del hogar, cuando además alimentan a los niños, los cuidan y los educan, ya no queda lugar para lo femenino. En ellas, la esposa y la madre matan a la mujer”.

Sobre la cuestión del nihilismo cotidiano explica que en verdad es el resultado de las turbulencias que se producen en la zona de pasaje entre el judeocristianismo de gran vigencia y el poscristianismo “que despunta con modestia”.

¿Cuál es el método o la solución para salir ilesos del corralito epistémico judeocristiano?. Lejos está de ofrecernos una ristra de consejos prácticos o flamantes conceptos para desasirnos al fin del imperio patológico de la pulsión de muerte que pergeñan los tres credos.

Lo que nos propone Onfray es un arduo trabajo filosófico personal y asegura que una introspección bien encaminada alejaría todos los sueños y delirios que nutren a los dioses. Además deja bien en claro que “el ateísmo no es una terapia, sino salud mental recuperada”. Para aquellos que a priori necesitan referentes o figuras del pensamiento que los encaminen, no duda en sugerir contagiarse de los pensadores a los que él mismo acudió y que no responde a la historiografía filosófica dominante. Se refiere a referentes del pensamiento, del arte o de la vida, con humor sobre todo, materialistas, radicales, cínicos, hedonistas, ateos, sensualistas y voluptuosos; “los que saben que solo tenemos un mundo y que al negarlo sólo nos arrojamos a la pérdida de su uso, disfrute y beneficio” aclara.

Confiesa que el término ateología no es de su autoría sino “un concepto olvidado y sublime de George Bataille”. Lo cierto es que su Tratado, si bien aborda cuestiones de densa carga ontológica, se hace lo opuesto a la presunción de una inteligibilidad selectiva. Es una obra que se disfruta por la soltura, el ingenio y el tono que se usa, que para cualquier creyente sonará desfachatado. En sí, es el modo en que se vale de la ironía, apelando también a lo risible lo que propicia descompresión del entramado de los conceptos religiosos. En el tempo de las ideas de Onfray, en la ligereza y en la tensión de sus digresiones es donde se palpita la energía de los manuscritos que dejaron los epígonos del materialismo filosófico. Hay, en ese ritmo, mucho de Nietzsche y hasta del Marx menos técnico y panfletario.

Por lo tanto aquí se cuela la apreciación de un spinettiano como el joven de arriba que aún “se piensa” desde el ser sartreano. A ese pesimismo estructuralista que afirma que dentro de la episteme uno no piensa, es pensado, uno no habla, es hablado, uno no actúa sino que es actuado, se le planta la frescura de las propuestas de Michel Onfray. Las que se alinean hacia un goce y pensar laico poscristiano, es decir posmoderno. Porque como subraya el autor,“la descristianización no pasa por ligerezas y frivolidades, sino por el trabajo sobre la episteme de una época y por la educación de las conciencias con respecto a la razón”.

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