Sincretismo acústico

Por LS

De las serpientes habrán de cuidarse los lúcidos que
en medio de tanta hipocresía
decidan emprender una vida frugal

Por suerte ya no se habla o resulta inverosímil señalar a un puñado de bandas como protagonistas de una emergente escena musical. Y a esta altura ya nadie ignora que los recambios y sorpresas aparecen por los pliegues de la visibilidad o del estoicismo underground. Una vida frugal y Warning with the snake son nuevas agrupaciones que se valen de un formato acústico minimal para no traicionar la templanza que les confiere una forma fresca y lúdica de componer. Cualidades acaso que supieron postergar luego de tocar durante décadas en agrupaciones de rock agresivo. Provenientes de zona norte y oeste de la provincia, estos juglares treintañeros dieron sus primeros pasos en la música de la mano del skate, cuando los ochentas sucumbían y el mercado se licuaba en el frenesí del uno a uno. Armaron bandas punks, hardcore y skaterock, entre otros subgéneros. Algunas de ellas fueron Extremo Opuesto, Confort Supremo, Bhakti, Lobotomía, Flores del Sol y Amoeba. Hoy, viéndolos hacer un folk que podríamos señalar como revisited, ejecutado con madurez y gran versatilidad, parece estar a las antípodas de aquellos gritos primales; sin embargo, no es más que la continuidad de ese mismo espíritu y mensaje sólo que por otros medios.
Ahora bien, qué singularidad encontramos en el bordoneo de sus guitarras antiguas españolas, de qué va la letrística y qué transmiten sus anémicas y dulces melodías. En la trastienda de los arpegios y del típico formato folk, se aprecian claros gustos por el blues, jazz, flamenco y el indy pop. Se valen de accesorios como las cajas chinas, pezuñas, caxixis, que completan los ritmos marcados por djembes y cajones peruanos. El “Pájaro”(Gonzalo Rainoldi) es guitarrista y compositor de Wwts y Florencia Gabelli, (ex Los Palos Borrachos) es la voz líder. Ella entona dulce y con melancolía las canciones sintéticas del pájaro que destilan lozanía compositiva y que algunas apenas superan el minuto veinte. La voz de UVF está a cargo Luis Schiebeler (No Reflector y ex Mar Nouveau) que canta con un estilo flexible, improvisando constantes modulaciones. Puede pasar de la cadencia dramática a tarareos infantiles y durante los fraseos oscuros se cuela inevitables ribetes spinetteanos. Los arreglos de guitarra eléctrica son de Nicolas Pierri (ex Mar Nouveau y The Fallwinter) que van hacia el entrevero disonante de la rítmica mientras que al frente de los coros y percusión está Mariana Palomino. Casi todo lo cantan de a dos, como si tuvieran temor de que sus relatos y poesías quedaran exánimes a cargo de sólo una voz. Sus letras abordan el desprecio hacia a los pensamientos circulares, los que encierran e inmovilizan la maquinaria deseante de los artistas motorizada por la creatividad y los placeres libertarios. Otras sugieren prudencia en las relaciones entre los hombres y su entorno. Advierten por ejemplo, no brindarse del todo sin antes mirar fijo a los ojos y escanear hasta llegar a la esencia de los devenires. Hablan de permanecer estoicos ante el espeso nihilismo contemporáneo y, a la inversa de la corriente, de “sumergirse en el abuso de lo ideal”. De ponerse a los hombros la ardua tarea de recobrar los sueños más auténticos e insobornables. Sus poesías también aluden a un estilo vida donde el hombre hace díadas conectivas con las entidades y la naturaleza.
En concreto, ésto no es hardcorepunk goes folk. Nada que ver con forzadas tentativas de unificar lo disímil. Son músicos que han llegado a una instancia de madurez propiciada por un sincretismo que se vuelca a lo acústico. Acaso la síntesis de otroras pretensiones que tanto olían a puro espíritu adolescente.

El 4 de Marzo a las 22, las dos bandas estarán juntas dando un show en Burlesque Bar, Hipólito Yrigoyen 2150, Congreso


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El fauno fuera del laberinto


Noche Propia
Marco Suaya
Ed. sandía&vino
44 páginas

Por Luis Schiebeler y Mariana Palomino

El poeta tomó la noche por asalto. Enardeciente, penetró con sus atuendos en llamas el turbio follaje del habla inconclusa. Y allí donde las ofensas trasmutan en ofrendas, fue abanderado por los colores del lenguaje victorioso. Negra y púrpura es la bandera que flamea al cielo, donde parpadean anonadadas las astillas de su antiguo lenguaje. El negro no alude a ningún volcán, sino a los maremotos urbanos y espectrales de la callecitas de Buenos Aires que, al caer el sol, despiertan ese viscoso alquitrán que mancha la piel del poeta –su plumaje o sus escamas– mientras arroja su miasma sensorial a los devenires imperceptibles. El púrpura simboliza la sangre, los trastornos de la sangre que caen en cascada de los precipicios que lo fulminan. Es también el color de los prepucios mutilados de sus antiguas camaradas arias, los juglares libertarios y libertinos del mundo.

Sin embargo, el poeta de rostro aniñado no es el único en esta imagen memorable. Lo escoltan sus compañeros, que con lealtad rutilan su insobornable solitud. A su izquierda, la náusea, bizca, que tose y se le gangrena la panza. A su derecha, tomadas de la mano, distraídas y gelatinosas, lo acompañan excreciones de morfología y tonalidad inusual. Le siguen detrás pequeños bólidos, tubérculos y coágulos que supuran y personifican las heridas de los recorridos del poeta –éxodo de su pasado cautivo.

El logro más admirable de este escritor es que arriba a su Ítaca en la mañana sin otro propósito que el de demoler las cotidianas “maquetas de lo cordial”, las estúpidas moralinas del rebaño que sólo conducen a los “pensamientos oxidantes”, estériles. Sin parar un minuto de obstruir aquello que acaso lo acecha de nacimiento; llamémoslo, la moral de porcelana. A la que de muy chico se ensañó en cantarle su epitafio, de entonar frente a pálidas caras de teteras y totalmente arrebatado por un apátrido frenesí: ¡que viva la paria! ¡que viva la paria! la intocable, la palabra indeseable, indecible, abyecta, espuria, la que refleja la “maleza carnívora”, la que condensa el estupor de los “miles de ojos estampados” contra sus ventanas. La palabra que le propicia el grito sin gritar.

Marginal y onanista, ácrata e insumiso, Noche Propia exhala la frescura de un manifiesto intempestivo. En este primer libro de Marco Suaya, el “veneno sanador de este mundo” es arquitrabe de su estilo y marca del desarreglo de sentidos al que ha llegado. Nos ofrece algo más que una lírica cruda e incomodante, sumida en lo nocturno y lo siniestro. Si para la niña monstruo la revolución consistía en “mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”, acá se trata de polvorizarlos, para esnifarlos en la vigilia.

Tal vez el mayor triunfo del poeta sea su desperezar, después de haber aniquilado el virus de la escritura procrastinada. Celebramos su búsqueda en esta instancia preliminar, mapa rizomático del territorio lírico que el lector recorrerá bajo el inquieto crepitar del follaje nocturno. Pero también advertimos: quienes nos adentramos en el inhóspito fango de un lenguaje diferente, nos hemos vuelto búhos fieles de esta noche.

Noche propia es el relato de las huellas de un magnífico fauno, de paso firme y voluptuoso. De un poeta león, ultrajado por la urbe cruel que sigilosamente transita hasta dar con las epifanías de las oscuras gargantas de los callejones.

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Contra todos los tanáticos de este mundo


Tratado de Ateología
Michel Onfray
Anagrama
269 páginas


Por Luis Schiebeler

“Si lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo”, entonces debemos preocuparnos por descristianizarla, si acaso quieres, un mundo mejor posible. Una reflexión de este tipo podríamos suponer que le propondría Michel Onfray, el filósofo actual más popular de Francia, a un joven apasionado por la mística spinettiana. Este pensador fácilmente podría detectar el gran dispositivo filosófico que funciona en la letrística del ex líder de Invisible para introducir sus ideas. Por ejemplo en referencia a “esos encapuchados de un mundo viejo” que alude la canción “Credulidad” de Pescado Rabioso, no dudaría en advertir que aun viven entre nosotros y nada menos que bajo la máscara de la laicidad moderna.

Michel Onfray (1959) autor de más de treinta libros, es el creador de la Universidad Popular de Caen y un referente decisivo en la actualidad filosófica. Nunca dejará de sorprenderle la insondable credulidad en la historia de los hombres y siendo un notable hedonista, considera que la práctica de un ateísmo militante abrirá paso hacia una auténtica vida placentera. “Tratado de Ateología” es el más exitoso de sus libros y en el que se ocupa casi con fervor de sacudirle al lector los remanentes agua bendita de su bautismo, aunque no se tenga un recuerdo imperecedero de ese rito popular. En efecto, fueron más de 200 mil franceses los que compraron este libro para ver el ingenio crítico y demoledor del autor sobre los tres monoteísmos dominantes: el cristianismo, el judaísmo y el Islam, a los que aborda sin piedad y en el mismo nivel.

El libro comienza con el relato de un viaje que el autor hizo a Mauritania donde confiesa:“los mundos subyacentes me parecen que fueron creados por hombres fatigados, exhaustos por el trajín de las dunas los desiertos (…) el monoteísmo surge de la arena”.

Onfray se encarga de demostrar cuáles son las usinas tanáticas que motorizan la fe en los tres monoteísmos por igual: el odio a la inteligencia, a la libertad, a la vida, a la sexualidad, a las mujeres, a lo femenino, al cuerpo. Invita a pensar por qué defienden la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el mas allá, el ángel asexuado y a la castidad, la virginidad y la fidelidad monogámica(…) “es como decir crucifiquemos la vida y celebremos la nada”, deduce.

Un pasaje notable del libro es el que alude a la misoginia. El autor asevera que las religiones detestan a las mujeres y que solo aman a las madres y a las esposas: “para las mujeres no hay más que dos soluciones, de hecho una en dos tiempos: casarse con un hombre y darle hijos. Cuando atienden a su marido, cocinan y se ocupan de los problemas del hogar, cuando además alimentan a los niños, los cuidan y los educan, ya no queda lugar para lo femenino. En ellas, la esposa y la madre matan a la mujer”.

Sobre la cuestión del nihilismo cotidiano explica que en verdad es el resultado de las turbulencias que se producen en la zona de pasaje entre el judeocristianismo de gran vigencia y el poscristianismo “que despunta con modestia”.

¿Cuál es el método o la solución para salir ilesos del corralito epistémico judeocristiano?. Lejos está de ofrecernos una ristra de consejos prácticos o flamantes conceptos para desasirnos al fin del imperio patológico de la pulsión de muerte que pergeñan los tres credos.

Lo que nos propone Onfray es un arduo trabajo filosófico personal y asegura que una introspección bien encaminada alejaría todos los sueños y delirios que nutren a los dioses. Además deja bien en claro que “el ateísmo no es una terapia, sino salud mental recuperada”. Para aquellos que a priori necesitan referentes o figuras del pensamiento que los encaminen, no duda en sugerir contagiarse de los pensadores a los que él mismo acudió y que no responde a la historiografía filosófica dominante. Se refiere a referentes del pensamiento, del arte o de la vida, con humor sobre todo, materialistas, radicales, cínicos, hedonistas, ateos, sensualistas y voluptuosos; “los que saben que solo tenemos un mundo y que al negarlo sólo nos arrojamos a la pérdida de su uso, disfrute y beneficio” aclara.

Confiesa que el término ateología no es de su autoría sino “un concepto olvidado y sublime de George Bataille”. Lo cierto es que su Tratado, si bien aborda cuestiones de densa carga ontológica, se hace lo opuesto a la presunción de una inteligibilidad selectiva. Es una obra que se disfruta por la soltura, el ingenio y el tono que se usa, que para cualquier creyente sonará desfachatado. En sí, es el modo en que se vale de la ironía, apelando también a lo risible lo que propicia descompresión del entramado de los conceptos religiosos. En el tempo de las ideas de Onfray, en la ligereza y en la tensión de sus digresiones es donde se palpita la energía de los manuscritos que dejaron los epígonos del materialismo filosófico. Hay, en ese ritmo, mucho de Nietzsche y hasta del Marx menos técnico y panfletario.

Por lo tanto aquí se cuela la apreciación de un spinettiano como el joven de arriba que aún “se piensa” desde el ser sartreano. A ese pesimismo estructuralista que afirma que dentro de la episteme uno no piensa, es pensado, uno no habla, es hablado, uno no actúa sino que es actuado, se le planta la frescura de las propuestas de Michel Onfray. Las que se alinean hacia un goce y pensar laico poscristiano, es decir posmoderno. Porque como subraya el autor,“la descristianización no pasa por ligerezas y frivolidades, sino por el trabajo sobre la episteme de una época y por la educación de las conciencias con respecto a la razón”.

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El cólera en tiempos del Amor


Primer amor, últimos ritos
Ian McEwan
Anagrama
144 páginas

Por Luis Schiebeler

En su primer libro publicado en 1975, el escritor inglés Ian McEwan ofrece un puñado de relatos donde las obsesiones sexuales, la muerte y el amor se exploran a partir de los episodios que tienen como protagonistas a personajes que aparentan ingenuidad pero ejercen el costado menos solapado del cinismo vulgar.

Fueron los filósofos Michel Onfray y Peter Sloterdijk quienes supieron poner en primer lugar de la agenda del pensamiento contemporáneo, los contrastes y desviaciones del pensamiento cínico. Ambos se encargaron, en los años 80s y 90s, de vigorizar la práctica saludable del cinismo filosófico ligado a los clásicos griegos como Antístenes y Diógenes; aquel que Onfray describe en “Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros” como “una gaya ciencia, un alegre saber insolente y una sabiduría práctica eficaz (…) un arte de hacer caer una tras otra las máscaras de la vida civilizada y de oponer a la hipocresía en boga las costumbres feroces e indómitas del perro vagabundo y sin amo”. Sin embargo, es el neocinismo lo que está en las antípodas de esta tradición filosófica y que Peter Sloterdijk se ocupó de demostrarlo en su obra “Crítica de la Razón Cínica”. El filósofo alemán advierte que la actuación amoral y perversa del cínico moderno no entra en el terreno de la crítica: “sabedor de que el mundo es una construcción subjetiva, el neocínico ya no peca de ingenuidad y usa el saber para justificar lo que deba justificarse” , señala.

Desde la ficción literaria, hay holgados ejemplos cinismo vulgar pero es en la colección de relatos “Primer amor y últimos ritos” de Ian McEwan (1948) donde se reviste de una singular inocencia. Esta primera obra del autor (que junto con Martin Amis y Julian Barnes forma parte de la generación de escritores promocionados por la revista Granta a inicios de los ochentas) no traiciona en absoluto la premisa de Piglia de que un relato visible esconde un relato secreto narrado de un modo elíptico y fragmentario. En efecto, es en esa segunda historia donde McEwan consigue borrar el temple inocente de sus personajes y notifica sin ambages el siniestro velo de una “amoralidad”.

Es en el relato “Mariposas” donde el autor condensa con lucidez estas ideas y no sin la minucia de un sarcasmo gélido. Se trata de un hombre consternado por su soledad y la vacuidad de una rutina sin amigos y que se ve involucrado en la muerte de una niña de 9 años. Un tipo huraño al que le paralizan lo directo que son las niñas de su vecindario; que al limpiarle la boca a una de ellas después de invitarle un helado confiesa: “nunca había tocado los labios de otra persona, ni sentido esa clase de placer”. El lector podrá entrever el temple del señor Meursault de “El extranjero” detrás de la impavidez de este hombre y no el hondo remordimiento del personaje de Kevin Bacon en la película “The Woodman”.

Sobre la líbido a flor de piel de la pubertad, las obsesiones delictivas y sexuales trata “Fabricación casera”; la historia de un niño que obnubilado por transgredir los placeres y normas de la vida adulta termina por someter a su pequeña hermana.

El despertar sexual también se aborda en “Ultimo día de verano” donde se aprecia una límpida descripción de los sentimientos de un niño de 12 años rodeado de hippies adolescentes. Un gran relato que en ningún momento pierde la frescura y la inocencia del mundo de un niño circunspecto y que logra a su vez introducir elementos del morbo.

El humor negro y el sarcasmo del autor se ven “Geometría de sólidos”; una historia sobre lo absurdo y el egoísmo de la vida en pareja. Un joven obstinado en publicar unos escritos de su bisabuelo en los que descubre raras posiciones de tántricas y las “matemáticas de lo absoluto” con los que consigue sacarse de encima a su mujer.

Diferente al resto y con un humor más corrosivo trata “Conversación con un hombre armario”. El soliloquio de un hombre alienado por una deficiente crianza que se encierra en su ropero, se masturba y siente el placer del cautiverio: el uterino resguardo a lo desconocido.

Escritas todas en primera persona, si algo deja en claro Ian McEwan en esta obra y acaso como indica a modo de pista su título (Primer… últimos …) es su forma oximorónica de tratar el amor, nada menos que en los incipientes setentas. Una forma poco discrecional de ubicarse del lado de la muerte de los grandes relatos. Y que al no perfilarse un desenmascaramiento de falsos valores, termina predominando la forma corrosiva en detrimento del objeto a confrontar. Es decir, si acaso asoma en algún momento la crítica como una tímida impronta, la misma se pierde hasta que la burla prevalece, legitimando sin más, la aplicación vulgar del cinismo clásico.

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Spleen del Norte

El gran sueño del paraíso
Sam Shepard
Anagrama. 172 páginas

Por Luis Schiebeler
“Where is Howard? who is Howard? where did he go?. Is he down in the ground? disappeared himself?. He´s no-where to be found!”. Sentado en el medio de la calle con su guitarra enchufada a un miniamp, un joven hipster improvisa esta canción. Su novia baila entre los discos, libros y electrodomésticos que acaban de arrojar desde un primer piso. Tener que aceptar a un padre ausente por tantos años lo perturba. Esta secuencia pertenece a Don’t come knocking (2005), última película de Win Wenders que fue guionada y protagonizada por prestigioso dramaturgo estadounidense Sam Shepard. El film cuenta la historia de Howard, un célebre actor de westerns que a galope abandona el set donde está filmando su última película y se dirige hacia la pradera abierta buscando refugio en antiguos vínculos. Con una notable actuación, Shepard transmite la desolación de un personaje público de cincuenta años, rústico y melancólico, abrumado por el hondo remordimiento de una inmadurez involuntaria que lo arrojó a los excesos y a una vida solitaria.

En efecto, no es azaroso que a esta historia, con un reparto excepcional de Jessica Lange y Sara Polley, le hayan puesto en español el dylanezco título “Llamando a las puertas del cielo”. Es posible que el multifacético autor con el fin de ponerla en escena, la haya descartado del manojo de relatos de su libro ”El gran sueño del paraíso” ya que éste se publicó en el 2002 y la película se comenzó a rodar en el verano del 2003.

Ahora bien, con qué cielo sueñan los personajes de autor de “Cruzando el Paraíso” (1996). Cómo es esa tierra edénica e inaccesible. Detrás de lo simple, austero, acaso mundano de los personajes de Sam Shepard, late una melancolía profunda; como si estuvieran entregados a una letanía interna, sin fin. Y su angustia no la trasforman en abstracciones, ni divagues filosóficos. Sus desventuras no son en ellos materia de digresiones existenciales tan frecuentes en las corrientes literarias europeas. Transmiten otra desazón. Ejercen una especie de metafísica donde el silencio y la poesía exclusivamente visual y bucólica funcionan como elementos eficaces y en pura sintonía con el legado de las deidades literarias de norteamericanas.
En los eximios relatos que integran “El gran sueño del paraíso” aparte de advertirse estas características se destacan por sus finales ingeniosos.

Dentro de un negocio de comidas rápidas un outsider amablemente se obstina a conocer quién de los empleados escribió en un cartón la famosa máxima “la vida es eso que pasa cuando uno está ocupado haciendo planes”. Necesita saber que dimensión toma esa frase en el joven que la escribió. A medida que insiste en preguntar, queda latente en el lector la magnitud de la frase en contraste con el trabajo mecánico de los jóvenes. De eso se trata “Viviendo según el cartel”, un auténtico retrato de la vida contemporánea de la cultura fast, que pone en relieve la vigencia y la claridad de un pensamiento cuyo autor además se disuelve en la levedad de los momentos abstractos, y que tampoco importa demasiado, sino sólo su desinteresada circulación.

Sobre el hastío de la vida familiar y el exilio puesto en marcha por un hombre que se interna en las desérticas rutas americanas retrata “Coalinga a medio camino”. Un relato donde se aprecia la destreza del autor para la creación de diálogos entrecortados y del detalle justo para las alusiones cinematográficas.

Personas con dones extraordinarios y la curiosidad del niño por lo místico se abordan en “El hombre que curaba los caballos” y “Concepción”. El despertar sexual de un niño abnegado a su familia se cuenta en ”La puerta hacia las mujeres”, con un naturalismo bien alejado del clásico relato sobre el enamoramiento virginal.

En cambio, es en “El ojo parpadeante” y “Los intereses de la compañía” donde Shepard adentra al lector en la candidez femenina y en el desempeño emocional de la mujer en situaciones insólitas. En el primero una joven atropella un halcón y la mirada agónica del ave será la señal de un nuevo rumbo en sus decisiones. En el otro relato, una empleada de una gasolinera trabaja bajo presión durante la madrugada hasta que al final le toca ver la cara del peligro.

Señalar con precisión el estilo y el mensaje que nos deja este artista sería tan forzado como tratar de deslindar el paraíso a que aspiran sus personajes. Y tal vez basten acaso, compararlos con las imágenes y sensaciones que transmiten las viejas canciones folk como ‘Waitin’ around to die’ de Townes Van Zandt para saber, a fin de cuentas, de qué van las historias breves de Sam Shepard.

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Talking Heads


Cosmética del enemigo
Amélie Nothomb
Anagrama. 84 páginas.

Por Luis Schiebeler

Imagínese a un personaje como Patrick Bateman en American Psycho esperando abordar un avión al que le advierten que por problemas técnicos su vuelo se demora por tiempo indeterminado. De pronto se le acerca un freaky tipo Rhys Ifans en la película El Intruso, con un ensañamiento de entablar una solemne conversación beckettiana, a lo que el primero, (no tan yuppie ni bizarro como Cristian Bale en ese film, sino un empresario intelectual y de fino sarcasmo) trata con estoicismo de que no le despierten lo peor de su espíritu psycho killer.

Inverosímil o no, un reparto como este no dista mucho de los perfiles que Amelie Nothomb se valió en Cosmética del enemigo para enfrentar a dos personajes varados en un aeropuerto con antagónicas visiones del mundo. El “intruso” que en este caso mosconeará incansablemente a Jerome Angust, un hombre de negocios que sólo quería leer hasta el nuevo aviso de su vuelo, no se llama azarosamente Textor Textel. Él aclarará que su nombre, y para justificar su impronta locuaz, proviene de palabra texto, con raíz en textere, que alude a un tejido de palabras.

Con un elegante manejo de la ironía, la escritora belga pone a debatir a estos hombres bien cerebrales, sobre grandes y controversiales dilemas que ubican a la moral como pivote central. Sobre la cuestión de la fe, el amor, el asesinato, la violación y la culpa, Nothomb ofrece una disección informal que deja al descubierto la parte más siniestra y absurda de nuestra cotidianeidad. Incluso nos invita a sospechar de la región donde más seguro nos sentimos; aquella donde se erigen los valores insobornables.

No infrecuentan las citas a teóricos con algo de snob y humor para justificar los contrastes de opinión. Textel, interpelado por su víctima, se escudará bajo conceptos que van desde Spinoza hasta el anarquismo individualista de Max Stiner.

¿Pero a qué enemigo alude la autora y qué sentido tiene su cosmética? En una entrevista Borges señala que la palabra cosmética tiene su origen en cosmos (el gran orden del mundo) y se refiere al pequeño orden que uno impone a su cara. De modo que el “pelmazo” de esta obra no solo hablará borgesianamente del orden universal, sino que le confesará a su supuesta víctima, lo duro que es descubrir la nulidad de dios y, en contrapartida, el poder omnipresente del enemigo; “aquel que desde el interior demuestra la decrepitud contenida en cada realidad”.

Excéntrica, darkie clásica y fan de Radiohead, Nothomb agotó en una semana 150.000 ejemplares durante la primer tirada de “Cosmética del enemigo” en el 2001; obra que además fue llevada al teatro bajo la dirección del dramaturgo español José Luis Sáiz.

Entretenida, de prosa fresca y desestructurada, esta nouvelle nos deja la sensación que no hay pilling ni botox que mejore la culpa a cara lavada. Que no existe terapia alguna que al menos serene esa especie de bicefalia interna, la supliciante logorrea que emana del peor remordimiento.

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El narcótico monólogo del hastío

Thomas Bernhard

Anagrama. 128 pags.

Por Luis Schiebeler

Esta obra lleva como título y a modo de oxímoron el asentimiento de la más trágica determinación en la vida de un hombre. En efecto, esa afirmación no provendrá del hastío insondable del protagonista, sino que será esgrimida y como si fuera una broma del peor gusto, por quien personificó al menos por un corto tiempo, el leitmotiv de su inspiración.

El personaje de sabe que él esta mal y que exagerar su dolencia es ser consecuente con su personalidad. Su pensamiento excede lo negativo, practica el autoboicot y se va deslizando en un monólogo cuya verbalidad hemorrágica y corrosiva no es más que una consecuencia que ya había previsto. El deber de un intelectual científico es el de aislarse por amor a su trabajo, se convence; pero luego se da cuenta que si ese retiro es demasiado radical puede resultar tan contraproducente como para acabar con su vida intelectual.

De modo que el protagonista sabe con precisión cuál es su posición auténtica, su deber como pensador científico. Y no poder canalizar esta determinación en sus estudios, le genera rodeos mentales y estériles en torno a su impotencia que solo incrementa su desequilibrio emocional, so pretexto de la experiencia de la introspección.

Meses esperando que el deseo germine y le de el envión hacia la voluntad que ameritaba su imperioso quehacer en el mundo. Largos períodos sin ningún tipo de contacto, sin contar las pocas visitas que hacía a Moritz, su único “amigo” y testigo de su deplorable depresión. Con él lograba descargarse, hacer catarsis y sabía que lo maltrataba verbalmente.

De pronto, un hálito de luz parece penetrar en la sofocante bruma de su mente, una compañía auténtica e ideal con la cual conversar sobre Schumann y Schopenhauer. Y que jamás hubiera sospechado que se trataría nada menos que de una mujer. Que hermoso es estar con una persona para quien los propios conceptos son tan claros y decisivos como para uno mismo, piensa al interactuar con ella. Sin embargo, cuán verosímil le puede resultar esa digresión a una personalidad tan pesimista como la de este personaje.

es la sexta novela del escritor austríaco Thomas Bernhard (1931-1989). Un relato sin artilugios ni recursos literarios que logra contagiar al lector de las sensaciones sofocantes y claustrofóbicas que invaden a una persona depresiva.

Es un texto que tiene la intensidad de una oralidad confusa aunque sin llegar a la verborragia del cocainómano extremo.

Hasta el final, el lector sentirá la adrenalina de una mente ofuscada que palpita entre oraciones con infrecuente puntuación sintáctica. Y que pese a todo, no parece por momentos renegar del su flagelo. Anarquía es todo lo que hay en una mente intelectual dirá luego, con jactancia y sin rodeos.

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