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Talking Heads


Cosmética del enemigo
Amélie Nothomb
Anagrama. 84 páginas.

Por Luis Schiebeler

Imagínese a un personaje como Patrick Bateman en American Psycho esperando abordar un avión al que le advierten que por problemas técnicos su vuelo se demora por tiempo indeterminado. De pronto se le acerca un freaky tipo Rhys Ifans en la película El Intruso, con un ensañamiento de entablar una solemne conversación beckettiana, a lo que el primero, (no tan yuppie ni bizarro como Cristian Bale en ese film, sino un empresario intelectual y de fino sarcasmo) trata con estoicismo de que no le despierten lo peor de su espíritu psycho killer.

Inverosímil o no, un reparto como este no dista mucho de los perfiles que Amelie Nothomb se valió en Cosmética del enemigo para enfrentar a dos personajes varados en un aeropuerto con antagónicas visiones del mundo. El “intruso” que en este caso mosconeará incansablemente a Jerome Angust, un hombre de negocios que sólo quería leer hasta el nuevo aviso de su vuelo, no se llama azarosamente Textor Textel. Él aclarará que su nombre, y para justificar su impronta locuaz, proviene de palabra texto, con raíz en textere, que alude a un tejido de palabras.

Con un elegante manejo de la ironía, la escritora belga pone a debatir a estos hombres bien cerebrales, sobre grandes y controversiales dilemas que ubican a la moral como pivote central. Sobre la cuestión de la fe, el amor, el asesinato, la violación y la culpa, Nothomb ofrece una disección informal que deja al descubierto la parte más siniestra y absurda de nuestra cotidianeidad. Incluso nos invita a sospechar de la región donde más seguro nos sentimos; aquella donde se erigen los valores insobornables.

No infrecuentan las citas a teóricos con algo de snob y humor para justificar los contrastes de opinión. Textel, interpelado por su víctima, se escudará bajo conceptos que van desde Spinoza hasta el anarquismo individualista de Max Stiner.

¿Pero a qué enemigo alude la autora y qué sentido tiene su cosmética? En una entrevista Borges señala que la palabra cosmética tiene su origen en cosmos (el gran orden del mundo) y se refiere al pequeño orden que uno impone a su cara. De modo que el “pelmazo” de esta obra no solo hablará borgesianamente del orden universal, sino que le confesará a su supuesta víctima, lo duro que es descubrir la nulidad de dios y, en contrapartida, el poder omnipresente del enemigo; “aquel que desde el interior demuestra la decrepitud contenida en cada realidad”.

Excéntrica, darkie clásica y fan de Radiohead, Nothomb agotó en una semana 150.000 ejemplares durante la primer tirada de “Cosmética del enemigo” en el 2001; obra que además fue llevada al teatro bajo la dirección del dramaturgo español José Luis Sáiz.

Entretenida, de prosa fresca y desestructurada, esta nouvelle nos deja la sensación que no hay pilling ni botox que mejore la culpa a cara lavada. Que no existe terapia alguna que al menos serene esa especie de bicefalia interna, la supliciante logorrea que emana del peor remordimiento.

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