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“Dicen que deberíamos regalarles carilinas a los que vienen a ver la obra”

Entrevista a Claudia Lapacó

Por Luis Schiebeler,
publicada en medios culturales regionales


Morón, el barrio en el que vivió gran parte de su infancia. Su comienzo y pasión por la actuación. Las nuevas generaciones, la televisión y “Tres Viejas Plumas”, la pieza teatral que continua colmando el Maipú Club y donde ella encarna el espíritu de una madre difunta. Tan afable como divertida, la actriz que ya lleva 50 años de carrera, nos contó sobre estos episodios de su vida, en una charla que compartió con UM Comunica en el teatro, minutos previos al inicio de la obra.

Son pasadas las siete de la tarde y Claudia Lapacó improvisa un espacio dentro del escenario del teatro donde tendrá lugar la conversación. En verdad, apelar al como pez en el agua para ilustrar la condición de la entrevistada no solo sería un cliché, sino además, reducir a una imagen feliz a toda la fauna acuática (sin derecho por ejemplo, a que un caballito de mar se deprima, por equis motivo) pero, en fin, la atmósfera resultó más que proclive para capturar el espíritu irrefrenable de esta artista que, a sus 69 años, no deja dudas de que sigue gozando del placer que le provee hallar inexplorados recintos en la teatralidad.

Experiencias que, como más adelante ampliará, le sucede en la actual “Tres Viejas Plumas”: una obra de Claudia Piñeiro acerca de la vuelta al hogar y las relaciones familiares que dirige Marcelo Moncarz, donde hace el papel de fantasma de una madre que observa todo pero no puede comunicarse.
No viste toda de negro. Un chal violeta cubre sus exiguos hombros en composé con una prominente rosa artificial que parece abandonar los azules para perderse en un traslúcido bordó.

Mientras se le pregunta por una localidad de oeste bonaerense, por la mirada de la actriz parecen pasar internamente, uno tras otro, como instantáneas, episodios, travesuras y muchos apodos de compañeras del colegio. Siete años de su vida trascurrieron en la casa de sus padres en Morón, barrio al cual se siente profundamente apegada, ya que fue donde nació su primer hijo y donde por vez primera actuó en teatro. “Nuestra Señora del Buen Viaje 346”, señala la actriz con precisión para hablar del antiguo hogar de sus padres. Cuenta su paso por el Colegio Ward de Ramos Mejía donde cursó de tercero a quinto grado y cómo finalizó el secundario en el Liceo N 1 José Figueroa Alcorta.

Sin embargo fue en el Nacional de Morón mientras cursaba primer año que la actriz puso en escena “Nuestra Natasha” de Alejandro Casona: su entrañable comienzo como actriz a los 13 años. Luego en el 61 viajó a Francia becada para estudiar diez meses en el Centro de Arte Dramático de París pero terminó quedándose año y medio. De muy joven y alentada por sus padres, Lapacó desplegó múltiples vetas artísticas e intentó sin suerte entrar en la escuela de danzas del Teatro Colón. Sobre esa aspiración que marcó su preadolescencia confiesa: “si hubiera entrado en el Colón, con esa férrea disciplina de bailarina clásica y de tan corta duración, no tendría lo que logré hasta ahora“. Pero es cuando se la invita a reflexionar sobre su decisión de optar por el teatro que su semblante se torna aún más radiante. “Siempre me gustó representar, conmover divertir y en el teatro encontré mi camino; puedo bailar , cantar, en él tengo la posibilidad de hacer todo lo que siempre quise” y agrega: “en el teatro no tenés edad ni para empezar ni para terminar ; ojalá pueda trabajar hasta el día de mi muerte”.

La actriz acude a una anécdota para excluir los reduccionismos en el arte de tipo,“todo teatro por pasado fue mejor”. “En el año 2000 estuve con Cibrian haciendo Las Mil y una Noches en el Luna Park y vi 3500 audiciones que me resultaron muy sorprendentes (…) cuando yo era jovencita estaba mal visto que un actor bailara; ahora los chicos se preparan más que en mi época”, confiesa.

Por otro lado, la actriz que a mediados de los sesenta alcanzó popularidad con la telenovela El amor tiene cara de mujer, advierte sobre la condición líquida de quienes actúan en televisión sin un consistente entrenamiento:”si tenés una cara bonita y haces un casting para televisión, por ahí estas lanzado a ser un protagonista pero cuánto te puede durar si no estás sustentado por una base firme de estudio y de trabajo (…) cuanto más tiempo te preparás tenés acceso a mejores roles”, asegura. Sin detractar los repartos actorales en televisión, Lapacó advierte en ellos carencia de “unidad de criterio” y opina que en ese medio hay gente que hace años son protagonistas pero resultan malos actores,“son muy bellos y carismáticos; es eso lo que la gente quiere ver “, explica. Mientras evoca a Alejandro Doria, Daniel Stevel, Maria Hermiña Avellaneda y Diana Alvarez, la actriz que protagonizó Naranja y media y Resistiré rezonga por no acordarse el resto de los grandes directores de televisión; pero luego resume sin rodeos:“en verdad, en una tira, lo más difícil es que se vean grandes actuaciones”.

Cinco décadas enrolada en la actuación sustentan su profesionalismo, empero, Lapacó deja la impresión de que con la disciplina el artista talla su éxito y longevidad laboral. Enfatiza la relevancia del trabajo previo a la puesta de una obra donde, a priori, se la totaliza en su comprensión y se la ensaya durante tres meses; “es el mejor momento, el más creativo donde estudias afondo el personaje y después podes ofrecerle varias alternativas al director que es quien decide”, explica. Siguiendo esta idea, la artista declara que son más las ofertas que rechaza que las que acepta en teatro ya que, lo elemental, es que le guste en la primera lectura del guión. Cuenta también las exigencias y el encanto que le depara su actual personaje en Tres Viejas Plumas, donde encarna el espíritu de una madre difunta. “Tengo que estar presente sin llamar la atención, sin tener movimientos demasiados terrenales, como arreglarte el pelo o tocarte la cara; además, cuando hablo, los personajes no me escuchan, no me miran, y eso les costó bastante a ellos”.

Lapacó trata de poner en palabras la sensación de sinergia que experimenta con el público. Revela que desde el escenario percibe, sin mirarlo, si está cómodo, si se divierte, si algo no le gusta y remarca además, la condición de universal de la historia de Piñeiro, ya que a todos los toca en algún lugar. Confiesa que la audiencia llora mucho durante la obra pero dice que es un llanto liberador y no de congoja. “Es muy difícil llorar en el teatro porque la gente llora más en el cine – y esgrime entre risas – dicen que deberíamos regalar carilinas a los que vienen a ver nuestra obra”.

Hacia el final, la artista roza algunos pétalos de la hipérbole de rosa que viste como prendedor, dice que debe prepararse para el espectáculo y por último confiesa que “la máxima satisfacción que sigue celebrando de su vocación es sentir que la gente que viene a ver un espectáculo y no se va de la misma manera que entró”.

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